El presidente Daniel Ortega, quien alcanzó el poder por primera vez en 1979 cuando la guerrilla sandinista derrocó a la dictadura dinástica de los Somoza, enfrenta críticas internacionales por las denuncias de que hubo fraude en las recientes elecciones municipales, lo que sumió a Nicaragua en la polarización política y la violencia callejera.
Ortega, quien cumplió 63 años dos días después de los cuestionados comicios municipales del 9 de noviembre, es el líder del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), cuyos seguidores –armados de garrotes y morteros artesanales– han copado las rotondas de Managua para impedir que la oposición salga a protestar para denunciar el supuesto fraude.
El presidente no sólo enfrenta las dudas del mundo por la transparencia de los comicios, ganados oficialmente por el FSLN (obtuvo 105 de 146 municipios), sino las críticas de una oposición mayoritaria en el Congreso y de varios ex compañeros de armas de los tiempos de la lucha contra Anastasio Somoza.
La ONU, OEA, la Unión Europea y Estados Unidos, además de otros cooperantes de Nicaragua han criticado la falta de transparencia de los comicios y podrían reducir –o cortar– su ayuda al país más pobre de América Central.
Desde que asumió el poder en 2007 Ortega ha sido un estrecho aliado del mandatario venezolano Hugo Chávez y ha provocado las iras del presidente colombiano ílvaro Uribe por sus comentarios sobre la guerrilla de las FARC, a cuyos miembros llama «hermanos».
Casado con la poetisa Rosario Murillo y padre de ocho hijos, Ortega llegó a la presidencia prometiendo «gobernar en paz» luego de ganar con el 38% los comicios de 2006. Había sido desalojado del poder en 1990 en las urnas, tras encabezar desde 1979 un gobierno revolucionario sandinista.
Antes de volver al gobierno, Ortega perdió tres elecciones sucesivas en las que curiosamente había obtenido mayor votación: 42% en 1990, 43% en 1996 y 42% en 2001.
Supo sacar frutos de las derrotas, pues su conducción del FSLN indujo a los mandatarios liberales a usarlo como interlocutor para apaciguar a las masas y asegurar la gobernabilidad, cuando el neoliberalismo parecía apoderarse de Nicaragua.
Bajo su dirección, el FSLN dio su apoyo a leyes de privatización y al Tratado de Libre Comercio de Centroamérica con Estados Unidos.
Sus críticos dentro del sandinismo dicen que Ortega se contaminó con la «cultura política dominante» y se obnubiló con el poder personal hace una década, cuando comenzó a negociar acuerdos bajo la mesa con el presidente liberal Arnoldo Alemán (1997-2002) y luego con Enrique Bolaños (2002-2007).
En esos años, además, impuso un control absoluto dentro del FSLN, lo que llevó a varios dirigentes a dejar el partido, entre ellos su ex vicepresidente Sergio Ramírez y el popular cantautor Carlos Mejía Godoy.
Ortega era un desconocido cuando el FSLN lo comisionó para integrar la junta que asumió el poder a la caída de Somoza, el 19 de julio de 1979.
No había sido comandante en la lucha guerrillera ni pertenecía al grupo de ideólogos o intelectuales sandinistas, lo que favoreció su inclusión en la junta de gobierno provisional, en la que no sólo había revolucionarios de izquierda, sino también personas del sector conservador y católico.
Ortega se forjó en las corrientes socialistas de América Latina que dieron origen a las guerrillas de las FARC en Colombia, el FMLN en El Salvador y el FSLN en Nicaragua, que surgieron hacia 1960 inspiradas en la Revolución Cubana.
Inició su vida política en 1963 cuando abandonó la Facultad de Derecho, donde cursaba primer año, para integrarse al FSLN, que comenzaba a organizarse en las montañas y ciudades para luchar contra Somoza.
Hijo de una familia de clase media, trabajó en la clandestinidad hasta 1967 cuando fue detenido por los militares acusado de asaltar un banco y participar en actividades insurgentes.
Tras siete años en prisión, fue liberado en 1974 y partió al exilio cuando un comando guerrillero tomó como rehenes a varios funcionarios, allegados y familiares del régimen somocista, a cambio de la liberación de sandinistas presos, entre ellos Ortega.
Viajó a Cuba y se exilió después en Costa Rica, de donde regresó a Nicaragua al triunfar la revolución en 1979 para integrar la junta.
El presidente Daniel Ortega reapareció llamando a la paz en Nicaragua, luego de guardar silencio durante 12 días tras las elecciones municipales en las que la oposición denuncia que hubo fraude, lo que levantó temores de la comunidad internacional de un retroceso al autoritarismo.
Ortega y su esposa Rosario Murillo, quien es portavoz del gobierno, participaron el viernes en la noche en un masivo mitin en Managua en el que los seguidores del gobernante Frente Sandinista celebraron su amplio triunfo en los cuestionados comicios del 9 de noviembre.
Tras recordar que él había reconocido resultados electorales adversos en los comicios de 1990, 1996 y 2001, el mandatario izquierdista llamó a la oposición a aceptar su derrota en las elecciones municipales, advirtiendo que un intento de los legisladores opositores de anular los comicios sería inconstitucional.
En los comicios de 2001 «nosotros teníamos muchos cuestionamientos (…) pero bueno, ¿íbamos a insurreccionarlos para botar al gobierno porque los resultados nos eran adversos?», dijo el presidente.
«No hay camino que hacerle caso al juez», el Consejo Supremo Electoral, que ratificó el triunfo sandinista en 105 de los 146 municipios disputados, declaró Ortega, quien invocó varias veces a Jesús durante su discurso de media hora.
Destacó que los intentos de 41 legisladores opositores (de los 92 miembros del Congreso) de anular las elecciones son inconstitucionales, debido a que el tribunal electoral es un poder independiente del Estado.
«Esto que están planteando algunos diputados, que están pidiendo la anulación de las elecciones, no tiene pies ni cabeza», dijo Ortega, quien insistió que la Constitución establece que el tribunal electoral no está sometido al Congreso.
Ortega, su esposa, y el candidato sandinista a la alcaldía de Managua, el ex campeón de boxeo Alexis Argí¼ello, ocuparon la tarima durante el masivo acto, durante el cual los seguidores del oficialismo -ondeando banderas rojas y negras- lanzaron fuegos artificiales y cantaron himnos revolucionarios.
El mandatario usó un tono conciliador en su discurso, que contrastó con la agresividad exhibida por los activistas sandinistas que, armados con garrotes y morteros artesanales, coparon las rotondas de Managua tras los comicios en un aparente intento de impedir protestas de la oposición.
Junto con felicitar a los candidatos sandinistas y opositores elegidos en los comicios, Ortega atribuyó las dos marchas de protesta contra los resultados de los comicios a un «pueblo manipulado» por la oposición.
«Ya es hora de ponerle frío a esta situación de confrontación», dijo, anunciando que promulgó un decreto que ratifica la legitimidad de los comicios municipales y reconoce al Consejo Electoral como única autoridad para determinar la legalidad de la votación.
La ONU, la OEA, la Unión Europea y Estados Unidos, además de una veintena de cooperantes de Nicaragua, han criticado la falta de transparencia de los comicios y podrían reducir -o cortar- su ayuda al empobrecido país.
«Nadie gana con lo sucedido. No gana Nicaragua, no gana Centroamérica ni América Latina», dijo un diplomático europeo a la AFP, quien advirtió que existe temor entre la comunidad internacional de un retroceso al autoritarismo en el país.
El tribunal electoral proclamó a los vencedores tras desestimar un recurso de la oposición liberal, que alega discordancia entre las actas entregadas por sus fiscales y los resultados oficiales.