Damnificados por el descomunal tráfico vehicular


La expansión capitalina conlleva seria problemática. En todo sentido, a punto que registra damnificados de orden humano, vegetal y material. Debido al descomunal tráfico vehicular en abierto crecimiento a lo largo y ancho, donde ya no cabe ni una aguja en un pajar, agobiante que presenta ante los ojos enrojecidos del colectivo, siempre de menos.

Juan de Dios Rojas

Usted, apreciable lector, acumula experiencias a diario. Sea usuario del transporte urbano, o gente de a pie. Ni con el auxilio eficaz de una mascarilla siente protección contra el caudal dañino del diésel, expelido por unidades incómodas en que viaja. Un suplicio entre el humo negro neblinizador de su organismo y maltrato recibido, similar a cucaracha.

Desde la ventanilla del autobús, si por ventura consigue lugar donde acomodar las posaderas, atestigua el daño que soporta el concreto, asfalto, o simples baches de chapopote. Durante las horas pico y el agravante de incontables tráileres generadores del insoportable ruido, elemento originador de contaminación audial, sumamente perjudicial sin asomo de duda.

Las personas de a pie, esa misma condición hace permisible vean de cerca la cuantí­a ocasionada por el tráfico virulento. Observan, lejos de mera rutina cómo el tráfico satanizado deteriora con dicha contaminación al hábitat de los residentes citadinos. Mediante tabla rasa empareja modestas casas, condominios y edificaciones residenciales.

Caminan sin parpadear y suelen evitar descuidos; sin embargo, son ví­ctimas del enorme parque en mención. Pilotos desaprensivos, tampoco respetuosos, echan encima el automóvil a los transeúntes, sin respetar tampoco los semáforos, ni las «cebras» marcadas en el pavimento, que dan luz verde a los caminantes y niños dados a su encargo y total responsabilidad.

De paso pueden visualizar no solo los arboricidios que la Muni encabezada por el alcalde Arzú cometen en aras del urbanismo y paso libre al Transmetro. Es otro daño relevante, por cuanto la detestable contaminación afecta en gran medida a los pocos árboles y jardines, verdaderos pulmones y oxigenadores, en beneficio directo de la población en general.

A construcciones diversas, entre ellas emblemáticas en el Centro Histórico en deterioro ostensible, vale decir Palacio Nacional de la Cultura, socorrido de banderas en su frontispicio y la antañona e impotente Catedral Metropolitana, presentan la aludida capa devenida del tremendo humo negro, enemigo mortal de la humanidad que reside en la capital y punto.

Referente a la inmensa cantidad de bienes inmuebles afectados a ojo de buen cubero por el IUSI, no son excluidos del epí­teto de damnificados. Concierne al descomunal tráfico vehicular y afines. Muros exhiben el daño citado en estos renglones, como señal inconfundible y causante por las verdaderas chimeneas rodantes que circulan en estos momentos en la ciudad.

No terminan allí­ las cosas para estigma dominante. Quienes habitamos en una arteria de intensivo tráfico como el bulevar Las Victorias (20 avenida, zonas 1 y 6), es una vitrina estereofónica. Efectos lóbregos con énfasis visual y auditivo, conforman auténtica ejemplificación de molestias a granel, en directo deterioro y muchas dificultades dí­a y noche.

Considerable número de viviendas de todo tipo están siendo damnificadas por el desaforado tránsito vehicular. Constantes vibraciones ocasionadas por tremebundas atrancazotes desesperan; están en riesgo inminente muros, puertas y ventanas. A extremo que al paso de esas máquinas rodantes suenan vidrios de ventanas y puertas, además aflojados por dicho fastidio.

Es reiterativa la contaminación audial y visual de marras. Apenas despunta el dí­a unidades de transporte extraurbano ponen su cuota. Atruenan el espacio y sacuden viviendas las bocinas semejantes a mugidos de vacas y bramidos de toros tras la reproducción de la especie. Y de ajuste el ruido del transporte urbano, con sus motores desafinados. En resumen estamos fritos.