El Papa Benedicto XVI, en un hito histórico para la Iglesia brasileña, según lo aseguró el propio pontífice, canonizó hoy al monje franciscano Antonio Galvao, el primer integrante del santoral católico nacido en Brasil.
Fray Galvao, quien será conocido de ahora en adelante como San Antonio de Sant’Anna Galvao, vivió en Brasil entre 1739 y 1822, y fue conocido por su presunto poder de cura de enfermedades con el que favorecía a los seguidores que acudían a su procura en el Monasterio de la Luz, que él fundo en Sao Paulo.
«El tenía el don de cura, ya en vida los devotos lo consideraban un santo», la hermana Claudia, encargada de las relaciones públicas de las trece monjas de vida contemplativa de la Orden de la Inmaculada Concepción, que siguen las enseñanzas del nuevo santo en el Monasterio de la Luz.
Antonio Galvao nació en Guaratinguetá (interior de Sao Paulo) en el hogar de Antonio Galvao de Franí§a e Isabel Leite Barros, que dieron a sus 11 hijos profunda educación religiosa.
Después de un pasaje por el Seminario de Belem (de los jesuitas de Bahia, nordeste), entre los 13 y 17 años, que debió abandonar por la persecución contra la Compañía de Jesús, Galvao ingresó en 1760 al Convento de los Frailes Menores Descalzos (franciscanos) en Taubaté, cerca de su ciudad natal.
Finalmente, el 11 de julio de 1762, con 23 años, fue ordenado sacerdote en Rio de Janeiro y celebró su primera misa en la parroquia de San Antonio en Guaratinguetá, ciudad que desde su declaración como beato aloja la llamada Hermandad de Fray Galvao.
Con la hermana Helena Maria del Espíritu Santo, Fray Galvao inició la fundación y construcción (que duró 14 años entre 1774 y 1788) del Monasterio de la Luz, que albergaría a las monjas concepcionistas.
El propio Galvao fue el arquitecto y colaboró con sus propias manos para levantar el edificio y posteriormente la Iglesia, cuya construcción también demoró 14 años, entre 1788 y 1802, contó Claudia a la AFP.
Y fue entonces desde el púlpito de la Luz que Galvao fue conquistando el corazón de los brasileños con sus supuestas curas de enfermos desahuciados.
El franciscano logró, a inicios del siglo XIX, un «milagro» validado por la Iglesia, al curar a un presunto enfermo de cálculos renales, y que dio origen a las famosas «píldoras», pequeños papelitos enrollados cuidadosamente por las monjas, con invocaciones a la Virgen, que consolarían a los devotos.
En esa ocasión Fray Galvao dio a tomar al enfermo tres papelitos donde había escrito «Post partum Virgo Inviolata permansisti: Dei Genitrix intercede pro nobis (tras el parto, Virgen, permaneciste inmaculada: Madre de Dios, ruega por nosotros)».
Desde entonces se difundió la devoción por las «píldoras milagrosas», que deben tomarse mientras se reza una novena a la Virgen, el primero, el quinto y el último día de las oraciones.
Otros «milagros» que reconoció la Iglesia, a través de la ingestión de sus «píldoras», fueron la cura de una niña con hepatitis de cuatro años en 1990, que le valió la beatificación, y posteriormente, en 1999, el que confirmó su canonización: el embarazo de una mujer con malformación de útero.
«La Iglesia (católica) recomienda que vayan al médico y que sólo tomen las píldoras cuanto están desahuciados (…) Pero la gente las usa para cosas cotidianas», expresó la hermana Claudia.