La muerte de los cinco agentes de la Policía Nacional Civil, concretamente del Servicio de Análisis e Información Antinarcóticos, SAIA, constituye un duro golpe que enluta a un país obligado a reconocer y agradecer el sacrificio de agentes que ofrendaron su vida en el cumplimiento del deber y con la intención de proteger a la ciudadanía honrada.
Con frecuencia criticamos la actitud de algunos policías y nos quejamos del comportamiento poco profesional de ciertos agentes que abusan de su poder y lejos de proveer seguridad a los ciudadanos, se convierten en una amenaza al punto de que la gente termina temiendo a la presencia policial. Pero casos como el presente, cuando elementos de la PNC acuden a enfrentar a grupos de criminales que evidentemente les superan en armamento y capacidad ofensiva, no obstante lo cual asumen su responsabilidad y actúan de conformidad con las instrucciones recibidas, nos demuestran que no todo está podrido y que hay en las filas de la Policía elementos absolutamente comprometidos con la vocación de servicio, tanto así que hasta terminan ofrendando su vida.
Es momento también para pensar seriamente en el dolor de los deudos de estos agentes acribillados por criminales que utilizan armas de alto poder ofensivo y que tienen a su disposición recursos ilimitados para protegerse, como lo demuestra la lujosa camioneta blindada que utilizaban los delincuentes y el arsenal que incluía no sólo lanzagranadas, sino bazucas capaces de destruir tanques, no digamos las patrullas policiales.
Observar el dolor de esas cinco familias que lloran hoy la muerte de los policías que no vacilaron en proceder en contra de los criminales debe motivar a la sociedad guatemalteca a mostrar su solidaridad con quienes, en defensa de nuestros intereses y nuestra seguridad, se enfrentaron a pandillas mucho más poderosas de lo que sin duda ellos mismos imaginaban. Pero el sacrificio de los agentes será estéril si los otros policías no perciben en la sociedad una muestra de solidaridad con el dolor que sienten ahora todos los policías y el temor que aflige a sus familias que saben que se juegan la vida en el cumplimiento del deber.
La sociedad tiene que condolerse ante este gesto heroico y de sacrificio que enaltece a nuestras fuerzas de seguridad y obliga al reconocimiento colectivo. La secular indiferencia que mostramos ante los hechos de violencia no puede subsistir porque es una de las tantas formas en que se confirma que los malos van ganando la batalla porque han logrado, por lo menos, endurecer el corazón de los guatemaltecos al punto de que perdimos nuestra capacidad de sufrir con los que sufren.