Un ambiente de distensión entre diversos países latinoamericanos en sus vínculos diplomáticos con Estados Unidos y la perspectiva de iniciar una nueva etapa en las relaciones del gobierno estadounidense con América Latina, cuya inicial base será el respeto y el acento en el multilateralismo, fueron parte destacada durante el desarrollo de la V Cumbre de las Américas, a la que asistieron 34 jefes de Estado y de Gobierno en Trinidad y Tobago; sin embargo, ni siquiera lograron unanimidad para la firma de una declaración final.
Durante el desarrollo de la Cumbre y hasta el final, se expresaron buenos deseos para la reincorporación de Cuba a ese organismo internacional, se hizo amplia referencia a la urgente necesidad de intensificar la lucha contra el narcotráfico, se habló del espíritu de igualdad, y se expresaron diversas opiniones con relación a la actual crisis económica mundial. La obligada pregunta es: ¿Y el tema migratorio?
Desde la visita del presidente Barack Obama a México, dos días antes de asistir a Puerto España (la capital de Trinidad y Tobago) la posición de Estados Unidos se expresó con claridad al plantear sus buenos deseos para impulsar una reforma migratoria integral, pero sin precisar un plan de acción o fechas para iniciar su análisis. Esta realidad fue trasladada a la mesa de discusión en Puerto España. Fuera de algunas alusiones a un problema como la migración laboral presente en todas las naciones que asistieron a Puerto España, no hubo ninguna oportunidad para discutir los graves problemas que enfrentan mujeres y hombres en Estados Unidos.
La situación política general en la gran mayoría de países latinoamericanos relativa a la migración es, en la actualidad, la de considerar a la migración laboral como una válvula de escape, ante la incapacidad de enfrentar los problemas socioeconómicos para que la población tenga mejores oportunidades de vida. Esta situación explica la no adopción de medidas para evitar la vulneración a los derechos humanos, las redadas y deportaciones masivas.
La Cumbre de las Américas -la siguiente se realizará en 2013- pudo haber expresado su solidaridad -¿Quién se hubiera animado a pedir otra cosa?- con las acciones democráticas impulsadas por la comunidad latina en Estados Unidos. Su sustento se encuentra en la Declaración Universal de Derechos Humanos, la cual ubica a la inmigración como un derecho básico de los seres humanos y establece el derecho de cualquier persona a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado y el derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país.
La solidaridad con la migración laboral latinoamericana en los Estados Unidos, también se encuentra inmersa en el respeto a la Convención Internacional sobre la Protección de los Derechos de Todos los Trabajadores Migratorios y sus Familiares, aprobada por la Asamblea General de la ONU en 1990, con el propósito de «mejorar la situación y garantizar el respeto de los derechos humanos de todos los trabajadores migratorios», sin distinción de edad, sexo, raza, religión, idioma, opinión política, origen étnico o social, nacionalidad, situación económica o estado civil.
La solidaridad es un factor de especial relevancia para la acción democrática de hombres y mujeres, quienes plantean la defensa de sus derechos laborales y en contra de que se les ubique como criminales, entre otros factores, sin adoptar actitudes violentas; por el contrario, sus expresiones son pacificas. Debe garantizarse, entonces, la dignidad de trabajadoras y trabajadores, quienes se han trasladado de su país a Estados Unidos con el propósito de trabajar sin causar problemas a esa nación receptora.
La solidaridad es para trabajadoras y trabajadores quienes envían a sus países millones de dólares al año en remesas familiares, coadyuvan en el desarrollo socioeconómico de Estados Unidos con su fuerza de trabajo barata y especializada, no son fuente de desestabilización política en esa nación ni se encuentran vinculados a grupos terroristas. Viven respetando las leyes y el desarrollo cultural de ese país.
Ciudadanas y ciudadanos de América Latina no tuvieron a su favor ni siquiera un rasgo del principio de solidaridad emanado de la Cumbre de las Américas. Continuarán soportando vejaciones, humillación y el eterno criterio de la discriminación. ¿Era tan difícil ser solidario?