El Ministerio de Cultura surgió para complacer el clientelismo político desde los tiempos de la Democracia Cristiana. La ineficiencia en su conducción condujo a que los tanques de pensamiento del neoliberalismo pidieran su supresión, en plena euforia privatizadora y de reducción del tamaño del Estado.
Durante la Presidencia de Ramiro de León Carpio se dio un proceso de reestructuración del Ministerio de Cultura, para convertirlo en un catalizador del complejo imaginario guatemalteco, que no se ha encontrado a sí mismo, pues no ve el reflejo de su rostro en el espejo fragmentado de la exclusión y el atraso.
Un país es un cuerpo vivo, inacabado en el sentido más profundo de la cultura. Se enriquece cotidianamente con ideas propias e ideas ajenas. El aprendizaje continuo está en la comparación y el conocimiento abierto que se abre en todas direcciones, a partir de lo que se halla sedimentado en nuestras conciencias, gustos y pensamientos.
Como paliativos para compensar las desigualdades culturales, los dos últimos gobiernos designaron como ministros a representantes de movimientos mayas. El primer efecto fue la etnización de la cartera de Cultura, en detrimento del arte conceptual y las vanguardias artísticas. El corolario es evidente: no se es ministro para la exclusión arbitraria; se lo es para alentar con voluntad generosa e inclusiva las múltiples manifestaciones de una cultura genuina, en los géneros de la palabra, los sentimientos, las pasiones, la sensibilidad, los sueños y los intereses colectivos.
El Ministerio de Cultura es un pequeño elefante blanco, guiado por meras «ocurrencias», en lugar de proyectarse con propuestas superadoras del horizonte de la mirada y de ensancharlo para cobijo de toda realización valiosa. Cabe suponer que nadie ha votado para que la cultura se convierta en un campo de batalla entre preferencias estéticas diferenciadas, sino para sumarlas, pues la diversidad siempre enriquece.
La tolerancia es el espacio natural para el florecimiento de la cultura. Lo es, para las posibilidades de la expresión en todas las dimensiones. Necesitamos preservar el cúmulo de bienes culturales, sin discriminaciones ni sectarismos. Es de esperar que la conducción de la cultura, en la esfera pública, no termine en manos de intereses oportunistas o de capillas cerradas, para ponerla al servicio del interés general.