No cabe duda que vivimos tiempos difíciles y que uno se vuelve desconfiado en las circunstancias actuales, dudando de lo que hacen o dicen quienes están en el complejo juego político en medio de la crisis. Sin embargo, hay cuestiones en las que debe tenerse extremo cuidado, porque se pueden enviar mensajes totalmente equivocados y dañinos.
Ayer el dirigente del Partido Patriota anunció que el Procurador de los Derechos Humanos le había alertado de un plan para asesinarlo y dio los detalles pertinentes de la declaración de un testigo protegido que denunció el caso a la Fiscalía en el occidente del país. Una persona está capturada por esa acusación que, suponemos, está sujeta a investigación de las autoridades del Ministerio Público porque existe un acta levantada el día 12 de mayo, apenas un día después de que se conoció el video del caso Rosenberg que desató la tormenta, con detalles de un supuesto plan para eliminar a dirigentes políticos.
Vistas las reacciones sobre la denuncia de Pérez Molina uno se da cuenta que los guatemaltecos ya no creemos en nada y que nos hemos vuelto extremadamente suspicaces en medio de una crisis que tiene su origen, sobre todas las cosas, en la desconfianza general de la población en los políticos y las instituciones llamadas a administrar justicia y garantizar la seguridad de las personas. Todos entendemos que ese descalabro institucional al final de cuentas nos pasa la factura de la violencia que no hace distingos en la condición de sus víctimas y afecta a familias de todos los niveles económicos, culturales, sociales y geográficos del país.
Pero resulta que el vocero de la Presidencia de la República, consultado sobre la denuncia de Pérez Molina, se apresura a decir que es un show del político porque le falló el plan conspirativo. Si acaban de cuestionar todo el caso Rosenberg sobre la tesis de que debió hacer pública la denuncia en vez de filmar un video antes de morir, con qué boca el portavoz oficial dice tamaña insensatez, puesto que cualquiera piensa que cabalmente por esas reacciones fue que Rosenberg no procedió a hacer denuncia pública de amenazas, toda vez que las mismas hubieran sido calificadas de show por los voceros oficiales.
Nada costaba al portavoz presidencial decir que investigarían el caso y que, como de todos modos dijo, darían protección a los políticos que se sintieran amenazados para impedir que les pase algo. Cuidar las apariencias es una función esencial de un portavoz y en este caso, si argumentan que Rosenberg debió hacer denuncia pública de su caso, no pueden salir con descalificaciones como la de afirmar que todo es un show, aún y cuando lo piensen.