La espiritualidad cristiana es portadora de una preocupación singular respecto al cuidado del corazón. En mis años mozos, por ejemplo, en los colegios religiosos, se nos insistía en la integridad de la persona (que no tolera ni la doble vida ni el doble lenguaje), la castidad (como aprendizaje del dominio de sí) y los peligros de la lujuria (como deseo o goce desordenado del placer venéreo). El catecismo en aquel entonces decía: «El placer sexual es moralmente desordenado cuando es buscado por sí mismo».
Era todo un rollo eso de vivir pendiente de los enredos del corazón y, como ya se sabe, nunca ha sido fácil a los buenos cristianos vivir tan elevados ideales. Y nadie mejor que Miguel íngel Buonarroti para testimoniarlo. Me explico. Recientemente se han encontrado cuatro cartas del artista italiano dirigidas a un adolescente de cuya belleza, dicen los historiadores, el pintor no supo abstraerse y ante la cual quedó rendido para siempre.Â
Aunque la relación habría sido declarada por mis maestros como «pecaminosa», «contranatura» y «digna del fuego eterno del infierno», la verdad es que Miguel íngel (de 57 años) y Tommaso Cavalieri (de 17) conocieron la dicha del amor, cada uno a su manera.  Así lo confiesa el artista: «Mi corazón está por primera vez en las manos de aquel a quien he confiado mi alma…».
Atributos no le faltaban al muchacho. Un artículo de prensa lo describe así: Cavalieri estaba «dotado de extraordinaria belleza, exquisitas maneras y una mente cultivada, en la corte de Clemente VII».  Justo lo que buscaba el artista para llenar el vacío de infinito que, sin duda, apesadumbraba su corazón. Y Miguel íngel se enamoró.
Desde entonces creció en el corazón desordenado del artista (dirían mis maestros), una pasión desbordante y feliz. Era todo cariño con Cavalieri, sin que consumaran físicamente su amor, al punto que pedía consejo de cada obra producida. Ahora se sabe que el artista pedía la aprobación del jovencito a los dibujos que diseñaba. «Si este boceto no te complace, dímelo a tiempo para que haga otro mañana por la noche», le decía amoroso.
Es poco lo que se sabe de esta relación, pero algunos suponen que terminó por imponerse la sensatez en la mente del artista. Ya casado y con hijos, consagrado totalmente al arte e influido, quizá por las presiones del Evangelio, decidió «ordenar» su vida y dejarnos un legado en su obra. Pero Cavalieri no termina aquí, los historiadores dicen que transcurridos 31 años desde su primer encuentro con el genio, fue él mismo (Cavalieri) quien sostuvo la mano del gran pintor, escultor y arquitecto cuando éste fallecía.
Ya se ve qué complicado puede ser el dominio de los deseos humanos y la vigilancia de los apetitos del corazón. Dichosos quienes pueden conseguirlo con facilidad.Â