Cuidar el corazón


La espiritualidad cristiana es portadora de una preocupación singular respecto al cuidado del corazón.  En mis años mozos, por ejemplo, en los colegios religiosos, se nos insistí­a en la integridad de la persona (que no tolera ni la doble vida ni el doble lenguaje), la castidad (como aprendizaje del dominio de sí­) y los peligros de la lujuria (como deseo o goce desordenado del placer venéreo).  El catecismo en aquel entonces decí­a: «El placer sexual es moralmente desordenado cuando es buscado por sí­ mismo».

Eduardo Blandón

Era todo un rollo eso de vivir pendiente de los enredos del corazón y, como ya se sabe, nunca ha sido fácil a los buenos cristianos vivir tan elevados ideales. Y nadie mejor que Miguel íngel Buonarroti para testimoniarlo.  Me explico.  Recientemente se han encontrado cuatro cartas del artista italiano dirigidas a un adolescente de cuya belleza, dicen los historiadores, el pintor no supo abstraerse y ante la cual quedó rendido para siempre. 

Aunque la relación habrí­a sido declarada por mis maestros como «pecaminosa», «contranatura» y «digna del fuego eterno del infierno», la verdad es que Miguel íngel (de 57 años) y Tommaso Cavalieri (de 17) conocieron la dicha del amor, cada uno a su manera.   Así­ lo confiesa el artista: «Mi corazón está por primera vez en las manos de aquel a quien he confiado mi alma…».

Atributos no le faltaban al muchacho.  Un artí­culo de prensa lo describe así­: Cavalieri estaba «dotado de extraordinaria belleza, exquisitas maneras y una mente cultivada, en la corte de Clemente VII».   Justo lo que buscaba el artista para llenar el vací­o de infinito que, sin duda, apesadumbraba su corazón.  Y Miguel íngel se enamoró.

Desde entonces creció en el corazón desordenado del artista (dirí­an mis maestros), una pasión desbordante y feliz.  Era todo cariño con Cavalieri, sin que consumaran fí­sicamente su amor, al punto que pedí­a consejo de cada obra producida.  Ahora se sabe que el artista pedí­a la aprobación del jovencito a los dibujos que diseñaba.  «Si este boceto no te complace, dí­melo a tiempo para que haga otro mañana por la noche», le decí­a amoroso.

Es poco lo que se sabe de esta relación, pero algunos suponen que terminó por imponerse la sensatez en la mente del artista.  Ya casado y con hijos, consagrado totalmente al arte e influido, quizá por las presiones del Evangelio, decidió «ordenar» su vida y dejarnos un legado en su obra.  Pero Cavalieri no termina aquí­, los historiadores dicen que transcurridos 31 años desde su primer encuentro con el genio, fue él mismo (Cavalieri) quien sostuvo la mano del gran pintor, escultor y arquitecto cuando éste fallecí­a.

Ya se ve qué complicado puede ser el dominio de los deseos humanos y la vigilancia de los apetitos del corazón.  Dichosos quienes pueden conseguirlo con facilidad.Â