Creo que los medios de comunicación tenemos la obligación de informar y ser veraces tanto al brindar una noticia como al comentar hechos y emitir opiniones. Cada quien tiene derecho a su propia opinión y eso es incuestionable, pero lo que no se puede es deformar la realidad para acomodarla al criterio personal. Esta reflexión es importante y oportuna luego de leer un editorial del colega Prensa Libre en el que el editorialista analiza las relaciones de Castro y Guatemala en una forma no sólo superficial, sino además pasando por alto hechos históricos que no pueden ignorarse en cualquier intento de análisis.
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El comentario señala que las relaciones tormentosas empezaron con la crisis de los misiles en Cuba, cuando según él todo iba bien hasta que Castro se alineó al Kremlin tras «recibir de la Unión Soviética una oferta mejor que la que obtendría con una relación con Estados Unidos». La crisis de los misiles poco tuvo que ver con las relaciones de Cuba y Guatemala, mismas que sí se vieron marcadas, antes de eso, cuando el gobierno de Guatemala hizo un pacto con la Agencia Central de Inteligencia y en la finca Helvetia de Roberto Alejos se entrenaron durante meses los anticastristas patrocinados por Washington para participar en el desembarco de Bahía de Cochinos. Ese acuerdo realizado en tiempos de Ydígoras Fuentes fue mucho antes de la crisis de los misiles y nuestro país, junto a la Nicaragua de Somoza, fueron sede del entrenamiento y del lanzamiento del ataque fallido para derrocar a Castro.
Al margen de que en el conflicto armado interno de Guatemala hubo muchos factores internos de injusticia y falta de democracia que el editorialista ignora, afirmando la tesis de que todo nuestro baño de sangre fue ordenado por Castro en el marco de la exportación de la revolución cubana, no se puede considerar siquiera el tema de las relaciones entre Castro y Guatemala sin mencionar la finca Helvetia. No hacerlo es retorcer la verdad histórica y no puede pensarse que sea resultado de ignorancia, porque ningún editorialista puede pasar por alto un hecho de tal magnitud. Sobre todo si habla de que los militares que se rebelaron en 1960, el trece de noviembre, estaban bajo la influencia de la simpatía generada por Fidel Castro, extremo que puede rebatir el entonces capitán Arturo Chur del Cid, sobreviviente de ese levantamiento militar, y entonces tendría que recordar que esa sublevación militar contra Ydígoras fue aplastada cabalmente usando los aviones que los cubanos tenían para entrenarse en Helvetia.
Ahora bien, esa inconsistencia y falta de rigor histórico explica en buena medida que el editorialista no trató de analizar las relaciones entre Castro y Guatemala con profundidad, sino simplemente se ocupó de hacer al dirigente cubano responsable de todas las muertes ocurridas en nuestro país durante el conflicto. Y eso es ignorar las condiciones internas que había en la sociedad que dieron lugar al enfrentamiento armado y que de alguna manera se explican en los términos de los acuerdos de paz. Pensar que nuestro conflicto fue simplemente resultado de la confrontación Este Oeste es tan infantil como afirmar que esa confrontación no tuvo efecto en la guerra sufrida por los guatemaltecos. Es ignorar que 1954 dejó huellas profundas en la sociedad guatemalteca y que la vigencia de instrumentos como la Ley de Defensa de las Instituciones Democráticas que consideraba como comunista casi cualquier forma de organización social, no influyeron para crear condiciones objetivas para desatar el enfrentamiento.
Y cuando se habla de la influencia de Castro en la creación de la URNG, tendría que señalarse también que si algo influyó para que se avanzara en el proceso de paz en Guatemala fue un viaje que hicieron militares de alto rango, incluyendo al alto mando del Ejército, a Cuba para reunirse cara a cara con sus enemigos de la comandancia guerrillera y fue luego, en una cena a la que asistieron tanto Fidel como Raúl Castro, donde prácticamente se definió el proceso porque se eliminó la principal oposición a negociar que venía cabalmente de sectores de nuestras fuerzas armadas.
Todos tenemos perfecto derecho a tener nuestra propia opinión y expresarla, pero lo que se puede cuestionar es la falta de rigor y apego a la verdad cuando se analizan hechos históricos. Repito que no se puede entender en absoluto la relación de Castro con Guatemala sin mencionar siquiera que un gobierno guatemalteco recibió dinero de la CIA para entrenar aquí a la milicia que desembarcó en Bahía de Cochinos en tiempos de Kennedy para derrocar a Castro y que fracasó estrepitosamente en lo que los anticastristas insisten fue una traición en la hora final del joven presidente norteamericano.
No se puede decir que la guerra de Guatemala fue simplemente provocada por la decisión de Castro de exportar su revolución porque eso es negar la existencia de condiciones de represión, injusticia y marginación que se incrementaron luego de la intervención militar de Estados Unidos en Guatemala en 1954, misma que dividió artificialmente al país entre comunistas y anticomunistas.
Se puede detestar a Castro por razones ideológicas y despotricar contra su forma de ejercer el poder durante casi cincuenta años. Pero hasta para hacerlo hay que apegarse a la verdad, porque cuando de manera tan burda se deforma la historia y se pasan por alto hechos determinantes, pobre favor se hace a esa causa de destruir la figura del líder cubano que tuvo en su juventud la osadía de afirmar que sería absuelto por la historia. Y con críticos tan superficiales, esa absolución será indiscutible.