Si la suerte no me es adversa, mañana estaré cumpliendo cuarenta años. Dejaré de lado el período más o menos juvenil para ingresar a una época presumiblemente de decadencia. La época en donde todo decae: el sentido del humor, la potencia sexual y el ánimo de vivir.
Los signos visibles del deterioro existencial empiezan a hacerse evidentes y el trato de las jovencitas cada vez hiere más el amor propio. Es una pena, por ejemplo, que las chicas ya no lo miren a uno como ocasión de pecado, que los hijos le digan a uno viejo y que la esposa crea estar frente a un condenado a la fidelidad perpetua por falta de oportunidades. Es terrible, pero creo que por ese período pasamos un poco todos.
Es cierto que hay mucha experiencia acumulada, que la madurez empieza a pintar un mundo cada vez más atractivo y que cada segundo se vive con una intensidad sin igual. Es cierto que finalmente uno se desembaraza de la obsesión del sexo y que se alcanza la comprensión de que el mundo va más allá de los coitos ocasionales y frecuentes (cuando Dios lo bendice a uno). Todo es cierto. Pero, es detestable perder la vitalidad.
Es detestable comenzar a tomar medicina para el corazón, cuidar el colesterol y ver crecer la grasa abdominal. Es horrible comenzar a decir que no a las mujeres que generosamente -cuando se tiene suerte- lo invitan a uno a salir. Es vergonzoso recurrir a estrategias de viejos para terminar una relación sexual. Da pena ir a la farmacia y comprar estimulantes para cumplir con cada jornada erótica. Claro, lo que queda es conversar, hacerse interesante inventando historias y acumular mucho dinero para compensar las debilidades físicas.
Evidentemente, cumplir cuarenta años no es el fin del mundo, pero si uno se pone trágico encontraría motivos para sentirse deprimido. A esta edad lo que queda es volverse trabajólico para olvidar que las fuerzas se pierden y uno se acerca cada vez más a la tumba. Trabajar a los cuarenta años es la medicina para tanto mal que se avecina. Peor aún si se es pobre y no se tiene recursos para ocultar la decadencia.
Envejecer en estos países no sería tan grave si no es porque vivimos en un continente de jóvenes. Estas son sociedades que sobrevaloran la mocedad y se olvidan o son indiferentes con los «jóvenes mayores». Con muchos años acumulados usted ya no tiene derecho a becas, ya no califica para emigrar a otros países ni puede encontrar muchas ofertas de trabajo. Después de los cuarenta años empiece a volverse creyente que necesitará mucho del invento de Dios.
A los cuarenta años ya no se le buscará por lo que es, sino por lo que tiene. Las chicas no verán ya su belleza física, ni su talento intelectual, sino la ventaja material que posea. Si tiene dinero, déle gracias a Dios, si es un pobre diablo, quéjese con í‰l. Nada más despreciable (digo, en nuestra sociedad) que un viejo sin dinero.
Afortunadamente, quizá todavía a los cuarenta años, se pueda empezar a acumular oro. Todavía es tiempo. Debemos buscar la belleza que nos haga nuevos e interesantes frente a los demás. A estas estupideces intelectuales se puede llegar a los cuarenta años.