Ayer se cumplieron 40 años del día en que 33 patojos recibíamos llenos de orgullo y creyendo que habíamos conquistado el mundo, nuestros títulos de bachilleres en ciencias y letras. í‰ramos la tercera promoción del colegio La Salle de Antigua Guatemala y algunos habíamos convivido cinco años en el internado desde la fundación del colegio.
ocmarroq@lahora.com.gt
En enero de 1962 abrió sus puertas en la ciudad colonial el colegio de los Hermanos de La Salle y a él fuimos a parar internos un montón de patojos que nos distinguíamos por haraganes o por ser demasiado fregones. Junto a los que mostrábamos alguna de esas características llegaron internos provenientes de los departamentos cuyos padres buscaron una buena formación y los antigí¼eños que formaban el externado del colegio. Yo recuerdo cuando un domingo por la tarde me fueron a dejar al colegio con una pequeña maleta que contenía los enseres exigidos para los internos y no se me olvida el momento en que, parado junto al hermano Genaro, primer director del Colegio, vi con el alma en vilo cómo se iba el carro en el que iban mis dos padres y mis hermanos.
El inmueble donde queda aún el colegio La Salle había sido la vieja casa de los ancestros de mi madre y el primer guardián del colegio era el viejo y querido Manuel Taracena que había sido hombre de confianza de los Cofiño. Tras la muerte de mi bisabuela, doña Victoria Durán viuda de Cofiño, sus hijas vendieron la hermosa casa y el enorme terreno a la orden de los hermanos de La Salle y en ese lugar pasé yo mis siguientes cinco años. De los 28 alumnos de primer curso, ocho nos graduamos cinco años más tarde en esa tercera promoción. Michael Boringvad Johanssen, Rafael Fernández Ogarrio, Willy Figueroa Briceño, Julio Jurado Azmitia, Juan José Lau Chang, Roberto Lowenthal Aguirre, Luis Felipe Valdez Soto y yo empezamos y terminamos juntos el bachillerato. De ellos Boringvad murió para el terremoto del 76 y antes el chino Lau había muerto en un accidente.
Este año nos hemos reunido algunas veces para comprobar que los lazos de amistad creados en ese especial ambiente se mantienen firmes y también para ver que los valores adquiridos en esa época se nos impregnaron. La Salle, que pudo convertirse en un desagí¼e al que iban a parar todos los patojos problemas, eliminaba a los que realmente lo eran porque no resultaba fácil la exigencia académica ni vivir bajo la disciplina impuesta por los hermanos. La vida en el internado más que crear amistades hermana y quienes convivimos tantos años esa experiencia recordamos ahora aquellas ilusiones que experimentamos al recibir nuestro título de bachilleres y al reencontrarnos ya entrando a la tercera edad sentimos viva la llama de la amistad y de la ilusión por seguir haciendo las cosas bien, como aprendimos en el colegio.
Y por allí tengo aún el ejemplar que me dio mi padre de la obra de Manuel Galich, «Mi Hijo el Bachiller», misma que fueron leyendo mis hijos cuando terminaron el colegio. Y con todos mis compañeros hoy nos alegramos de haber convivido en La Salle, pese a lo mucho que renegábamos entonces, recordando especialmente a los muchos que lamentablemente han muerto.