¿Cuánto más van a esperar?


En casi cualquier parlamento del mundo se han visto escenas como las que ayer causaron bochorno a los guatemaltecos y a los diplomáticos que estaban en el Palco de Prensa del Congreso de la República para presenciar la votación en la iniciativa para prorrogar el mandato de la CICIG, pero en pocos existe el sentido de urgencia para enfrentar los serios problemas nacionales como en el nuestro.

Oscar Clemente Marroquí­n
ocmarroq@lahora.com.gt

Y el Embajador de los Estados Unidos, Stephen McFarland, lo supo definir claramente cuando dijo: «Cada dí­a mueren por violencia entre 15 y 20 personas en Guatemala. Mientras nosotros estamos aquí­, unas dos personas murieron, y uno se pregunta: ¿cuánto tiempo más van a esperar para tratar de echar para adelante este paí­s? ¿Por qué no hacen algo?». El embajador McFarland se ha distinguido por la forma en que se identifica no sólo con los problemas sino con los diferentes sectores del paí­s y por lo tanto su expresión, que además viene del representante diplomático más influyente en Guatemala, es un serio llamado de atención para nuestros polí­ticos para que se dejen de estar perdiendo el tiempo mientras el pueblo sufre los embates de una violencia imparable.

Hace ya mucho tiempo que los pleitos en el Congreso de la República entrampan la discusión seria de los asuntos nacionales. Hemos visto el uso y abuso de la interpelación como simple instrumento dilatorio que no persigue nada más que entrampar las cosas y atestiguado la forma irresponsable en que se usan recursos parlamentarios con el único fin de impedir la discusión de iniciativas. Es una vergí¼enza que los que se oponen a la aprobación de algunas iniciativas no usen argumentos sólidos para justificar su oposición sino que se dediquen a la tarea de torpedear el debate con prácticas que, finalmente, generan confrontaciones que en un paí­s como el nuestro son un pésimo ejemplo. Está visto que en Guatemala es una especie de cultura generalizada esa de andar queriendo resolverlo todo a sopapos, a golpes cuando no a tiros, y por eso estamos como estamos.

No faltarán los que digan que los embajadores se llevaron su merecido por andar de shutes en el Congreso promoviendo la prórroga de la CICIG, pero la verdad es que muchos de ellos han dado serias muestras de interés profundo por las cuestiones guatemaltecas, muchas veces más intenso de lo que es el interés de compatriotas que ven el drama nacional como quien ve llover, sin inmutarse ni ante la muerte ni, mucho menos, ante el descalabro de las instituciones.

Y entre ellos el embajador McFarland ha jugado un papel destacado, no sólo por el paí­s que representa, sino por su personal actitud de mezclarse de manera directa, franca y cordial, con representantes de diversos sectores de la sociedad, abandonando la vieja costumbre de que el enviado diplomático de Estados Unidos únicamente se reuní­a con funcionarios, con militares y con empresarios.

La pregunta que formuló McFarland debe pesar mucho en el ánimo de los diputados y de todos los polí­ticos.

¿Cuándo jocotes van a empezar a tratar de echar para adelante a este paí­s? ¿Será que algún dí­a harán algo que valga la pena y que el pueblo les deba reconocer? En el fondo pareciera como si estuvieran jugando porque no se les ve seriedad ni siquiera en medio de la crisis institucional que nos coloca en situación demasiado próxima al Estado fallido y de esa irresponsabilidad son muy pocos los que se salvan, pero obviamente no los agresores de ayer.