En estos días finales de la época de huracanes en el Océano Atlántico, los expertos están expresando su asombro por la forma en que alrededor de la tormenta Sandy se están conjugando una serie de factores que la pueden convertir en un terrible meteoro con consecuencias muy serias para el norte de los Estados Unidos. Leyendo las explicaciones científicas de cómo es que al juntarse un frente frío que llegará del Norte con esa tormenta que avanza lentamente desde el Sur, se desviará hacia tierra firme entre Washington y Nueva York para dejar devastadores efectos desde la costa hasta el oeste de Ohio.
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Y por alguna razón esa explicación se me hizo un símil de lo que hemos estado viendo en Guatemala en estos últimos meses, puesto que todas las fuerzas parecen estarse conjuntando para formar una especie de tormenta perfecta alrededor del tema de la corrupción. Bajo el lema de que se preocupan por la transparencia, el oficialismo, la oposición y el empresariado trabajan seria y constantemente para repartirse el jugoso pastel de los recursos públicos provocando una especie de tormenta perfecta en la que todos quieren sacar tajada y los acuerdos fluyen con tremenda facilidad.
La primera muestra de ese gran acuerdo que aprovecha la conjunción de factores la tuvimos con la forma en que se pusieron de acuerdo para minar el impacto de una norma que castigara el tráfico de influencias por parejo para que fuera aplicado el delito tanto a funcionarios como a los contratistas y particulares que hacen gestiones para concretar negocios sucios. Luego vino la complacencia de los sectores empresariales al negocio del Puerto Quetzal, en el que aun entendiendo que hubo mano de mono y burdo trinquete, se dijo que todo lo aceptaban porque el país necesita la ampliación de operaciones para trabajar eficientemente con los contendedores. En otras palabras, el fin justifica los medios y se admite que, con tal de que hagan obra, no importa que sea a base de negocios sucios.
Todo ello ocurre en medio de una actitud totalmente pasiva y tolerante de la opinión pública que ya ni se indigna cuando se denuncia un caso de corrupción. Con la falta de transparencia nos pasó como lo que ocurrió con la violencia, puesto que los primeros muertos nos dolían a todos, nos llenaban de indignación y cólera, pero fue tanto machacar con los crímenes que al final como que hicimos callo y hoy en día ni siquiera las masacres pueden provocar reacciones entre la gente. Salvo cuando la violencia golpea a alguien del entorno más cercano, pasamos la hoja de la nota roja sin ningún interés y menos solidaridad con las víctimas.
Pues igual está ocurriendo con los negocios del Estado. Hace unos años todos nos indignábamos cuando se denunciaba un trinquete cometido por los políticos en complicidad con los contratistas. Todavía hubo asomos de rechazo cuando se vendió Aviateca en forma oscura a los salvadoreños de Taca que ahora terminaron rindiéndose ante los colombianos de Avianca. Hubo mucha protesta cuando se denunció la forma grotesca en que Serrano se llevaba millonadas de los fondos confidenciales, luego de pagarle su correspondiente diezmo, desde luego, a su pastor Caballeros.
Todavía cuando se piñatizaron bienes como la telefonía y la electricidad, hubo un importante coro de voces denunciando el hecho, pero ahora apenas si van quedando voces aisladas de quienes no quieren rendirse ante la evidencia de que es absolutamente cierta aquella frase de Gunther Messing, el funcionario alemán que dirigió aquí la OIM, al afirmar que en Guatemala no hay obra sin sobra.
De suerte que con un sistema legal inoperante, con ambiciones desatadas tanto en el sector político como empresarial y con una opinión pública cada vez más tolerante, acostumbrada ya al latrocinio, también vivimos nuestra tormenta perfecta.