Cuando tiembla la tierra


Entre los fenómenos naturales que ocurren, cuando tiembla la tierra, motivo es de alarma en diversos sentidos. El territorio nacional lo sacuden en cadena sismos recurrentes en cualquier momento del dí­a y de la noche. Los mismos llevan varias semanas de actividad, circunstancia que sale de lo normal y mantiene zozobra general.

Juan de Dios Rojas
jddrojas@yahoo.com

Aunque es notorio al observador cómo el ritmo de vida prosigue su curso aparente, no obstante «caras vemos, pero corazones no sabemos» asienta el refranero popular. En efecto, distante de ser una especulación cajonera, en la interioridad ocupa sitio desconcertante el nerviosismo consiguiente. Nada ni nadie queda exonerado de verdad.

El pesimismo se apodera de las personas ante estas liberaciones de energí­a, consideradas relativamente algo beneficioso, empero de todas maneras crí­tica, sea como sea. Imposible resulta acotar que es factible una permanencia tranquila, alejada del peligro del caso. Dejarí­ase por un lado el calificativo de condición humana.

En efecto, siempre por parte de entendidos en la materia de alto impacto y técnicos por añadidura aseveran en seguidilla que Guatemala es un paí­s sí­smico en gran medida. Consecuencia de la existencia de diversas fallas geológicas a lo largo y ancho del territorio patrio. Predispuesto en totalidad a dichos fenómenos en mención.

Además, según criterios cientí­ficos concluyen también la coyuntura complicada de tantos volcanes, coadyuvantes de la generación de movimientos telúricos. Así­ las cosas cuando tiembla la tierra la intensidad de estos fenómenos naturales registra considerable intensidad, capaz de sacar de sus casillas al más planchado por lo visto.

Reconocemos muy bien que restantes eventos de igual naturaleza dan motivo a los indeseables sucesos desastrosos, responsables de innumerables ví­ctimas y pérdidas materiales cuantiosas. No obstante la presencia de los temblores sacude con la velocidad de la luz a los seres humanos de inmediato, digan lo que digan en sentido contrario.

La historia de la civilización a nivel mundial, da cuenta en eras anteriores del cataclismo devenido de tremendos terremotos, victimarios en escala extraordinaria de la desaparición de pueblos enteros. Sin ir tan lejos, Guatemala inscribe en los infolios del tiempo pretérito escenas dantescas de los ocurridos en el territorio.

Este fenómeno sorprendente y causa de vivencias trágicas de tipo recurrente, a modo de algo paradójico sacude como cataclismo sin piedad. Un rotundo NO a las predicciones, aunque los avances cientí­ficos y tecnológicos en marcha tengan pretensiones. El qué, cómo y cuándo respecto al fenómeno carece de explicación.

Según datos fidedignos y confiables, por lo tanto, existe el registro y las experiencias, también legados generacionales de que en el paí­s se habla de los acaecidos en los años: 1917-1918 y el tétrico terremoto del 4 de febrero de 1976. De este último tenemos vivencias a modo de hierro candente de tan funesta pesadilla.

Al final de cuentas gente de mi generación, de boca a boca aún somos relatores de aquel amanecer entre escombros, llantos, ayes de dolor y la muerte con su guadaña siniestra. Además, las pérdidas materiales y casos de connacionales parapléjicos, inclusive, persiste al cabo del tiempo el trauma posesionado firmemente.

Resumo, sobreponerse, al igual que revestirse de calma conviene a todas luces. Entidades gubernamentales y de servicio confluyen en el sentido de dar recomendaciones pertinentes a la hora de situaciones derivadas de la actividad sí­smica. Como quiera que sea, la reacción es diferente; gana espacio el instinto de conservación.