Cuando se pierde la autoridad moral


El discurso del presidente George Bush en la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas y la posterior retopada que le propinó el canciller cubano es una muestra clara de lo que ocurre cuando alguien pierde la autoridad moral para actuar como juez de los demás. En efecto, durante años Estados Unidos ha venido publicando su propia lista, elaborada por el Departamento de Estado, en la que coloca a los paí­ses violadores de los derechos humanos y en buena medida ese listado era el que serví­a para que la misma ONU planteara anualmente el cuestionamiento a las polí­ticas de algunos de sus paí­ses miembros sobre la materia.

Oscar Clemente Marroquí­n
ocmarroq@lahora.com.gt

En el último discurso, Bush repitió las viejas crí­ticas formuladas en contra del gobierno cubano, con la diferencia de que esta vez cuando el canciller de Cuba ocupó el estrado tení­a, como decimos en buen chapí­n, la boca llena de razón cuando dijo que Estados Unidos no podí­a juzgar la aplicación y observancia de derechos humanos en ningún lado del mundo después de los cientos de miles de iraquí­es muertos en el conflicto, los abusos y torturas de Guantánamo y las prisiones en Irak, así­ como los probados casos de secuestros cometidos en otros paí­ses contra personas que luego eran transportadas en vuelos secretos de la CIA que muchas de las naciones de Europa han corroborado de manera fehaciente.

Siempre he pensado que la gran fuerza de los Estados Unidos era su poder moral para hablar de temas como respeto a la ley y, sobre todo, impulso a los derechos civiles y protección de las garantí­as del individuo, en cualquier circunstancia, frente a los abusos de poder. Todo ello se derrumbó tristemente el 11 de Septiembre del 2001 junto con las Torres Gemelas de Nueva York porque la reacción del equipo de gobierno fue emprender una guerra contra el terrorismo que constituye exactamente la implementación de aquellas acciones realizadas por los paí­ses latinoamericanos que enfrentaron a grupos subversivos y que, para combatirlos, cayeron en la guerra conocida como sucia por el énfasis que se puso en la violación de los derechos humanos.

En Estados Unidos se abdicó respecto al mayor valor que ha tenido ese paí­s históricamente y lo peor de todo fue que los mismos ciudadanos renunciaron a la vigencia de sus plenos derechos y garantí­as porque fueron convencidos por las autoridades que era necesario restringir las libertades civiles en aras de la seguridad. Exactamente el mismo discurso de los dictadores militares latinoamericanos cuando explicaban por qué se saltaban las trancas y no sólo realizaban espionaje contra sus propios ciudadanos, sino que quitaban de en medio a quienes les parecí­an sospechosos.

Recuerdo que estaba en Nueva York, un mes después del atentado cuando fui a acompañar a mi hija tras esa traumática experiencia y desde allá escribí­ un artí­culo en el que expresé mi preocupación por el tono de los discursos de Bush, de su Vicepresidente, del Secretario de Defensa y de la entonces Consejera de Seguridad. Se llegó al extremo de convocar a los responsables de noticias de las grandes cadenas de televisión para pedirles que moderaran sus informaciones de acuerdo al interés nacional, y fue entonces que dije que los terroristas triunfarí­an si Washington caí­a en el juego de afectar las libertades civiles al definir los términos de lucha. Hoy, cuando leo lo que dijo el canciller cubano en respuesta a las agresiones verbales de Bush, se me ratifica que perdieron la autoridad moral para ser los supervisores y fiscales de la vigencia de derechos humanos en el mundo.