El discurso del presidente George Bush en la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas y la posterior retopada que le propinó el canciller cubano es una muestra clara de lo que ocurre cuando alguien pierde la autoridad moral para actuar como juez de los demás. En efecto, durante años Estados Unidos ha venido publicando su propia lista, elaborada por el Departamento de Estado, en la que coloca a los países violadores de los derechos humanos y en buena medida ese listado era el que servía para que la misma ONU planteara anualmente el cuestionamiento a las políticas de algunos de sus países miembros sobre la materia.
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En el último discurso, Bush repitió las viejas críticas formuladas en contra del gobierno cubano, con la diferencia de que esta vez cuando el canciller de Cuba ocupó el estrado tenía, como decimos en buen chapín, la boca llena de razón cuando dijo que Estados Unidos no podía juzgar la aplicación y observancia de derechos humanos en ningún lado del mundo después de los cientos de miles de iraquíes muertos en el conflicto, los abusos y torturas de Guantánamo y las prisiones en Irak, así como los probados casos de secuestros cometidos en otros países contra personas que luego eran transportadas en vuelos secretos de la CIA que muchas de las naciones de Europa han corroborado de manera fehaciente.
Siempre he pensado que la gran fuerza de los Estados Unidos era su poder moral para hablar de temas como respeto a la ley y, sobre todo, impulso a los derechos civiles y protección de las garantías del individuo, en cualquier circunstancia, frente a los abusos de poder. Todo ello se derrumbó tristemente el 11 de Septiembre del 2001 junto con las Torres Gemelas de Nueva York porque la reacción del equipo de gobierno fue emprender una guerra contra el terrorismo que constituye exactamente la implementación de aquellas acciones realizadas por los países latinoamericanos que enfrentaron a grupos subversivos y que, para combatirlos, cayeron en la guerra conocida como sucia por el énfasis que se puso en la violación de los derechos humanos.
En Estados Unidos se abdicó respecto al mayor valor que ha tenido ese país históricamente y lo peor de todo fue que los mismos ciudadanos renunciaron a la vigencia de sus plenos derechos y garantías porque fueron convencidos por las autoridades que era necesario restringir las libertades civiles en aras de la seguridad. Exactamente el mismo discurso de los dictadores militares latinoamericanos cuando explicaban por qué se saltaban las trancas y no sólo realizaban espionaje contra sus propios ciudadanos, sino que quitaban de en medio a quienes les parecían sospechosos.
Recuerdo que estaba en Nueva York, un mes después del atentado cuando fui a acompañar a mi hija tras esa traumática experiencia y desde allá escribí un artículo en el que expresé mi preocupación por el tono de los discursos de Bush, de su Vicepresidente, del Secretario de Defensa y de la entonces Consejera de Seguridad. Se llegó al extremo de convocar a los responsables de noticias de las grandes cadenas de televisión para pedirles que moderaran sus informaciones de acuerdo al interés nacional, y fue entonces que dije que los terroristas triunfarían si Washington caía en el juego de afectar las libertades civiles al definir los términos de lucha. Hoy, cuando leo lo que dijo el canciller cubano en respuesta a las agresiones verbales de Bush, se me ratifica que perdieron la autoridad moral para ser los supervisores y fiscales de la vigencia de derechos humanos en el mundo.