Hacía tiempo que en el país no sucedían esas cadenas de sismos como ocurrió el sábado pasado. Es una normal liberación de energía, explican oportunamente los sismólogos, otros ven entre los temblores mensajes ocultos desde el cielo y advierten, a propósito del fervor religioso que nos inunda, exhortaciones divinas en contra del comportamiento que como seres humanos hemos alcanzado y consumido entre la violencia y la desazón social.
eswinq@lahora.com.gt
Vivimos tiempos en donde el miedo ha colocado su trono y se ha posado en cada esquina del país. Todos tenemos miedo, desde el momento en que cerramos la puerta de la casa para arrancar la jornada, es imposible caminar sin voltear la mirada a todos lados viendo con desconfianza los movimientos de los demás. Nos hemos contagiado de la paranoia y la desconfianza.
Hasta el más optimista y positivista podría vérselas en aprietos pensando en alguna solución para cambiar este entorno. Y, sin ánimos pesimistas podría asegurar que la Guatemala que todos queremos se ha transformado en el país de la eterna intranquilidad.
Pero en este cuadro poco alentador, hay algo muy cierto, y es que nadie quiere continuar viviendo así, lo que hace falta es voluntad para cambiar. El otro día transmitían un programa donde reunieron a los conductores de los medios de comunicación con esa capacidad de inyectar energía con sus palabras, sin embargo, no lograba encontrar un mensaje realmente alentador y motivacional.
Los comentarios de la gente que me rodeaba mientras veíamos el programa, no fueron el efecto que quizá pretendían los productores, pues en lugar de hinchar el pecho para reconocer el camino del positivismo, pululaban las frases como «él porque está gordo y tiene para comer», «de energía positiva no come uno», «díganselo a un marero haber si se motiva», «creo que el ladrón que se llevó mi dinero no tiene muchos ánimos para cambiar».
Aquí donde los temblores nos recuerdan lo vulnerables que somos, donde los ricos se vuelven más ricos y los pobres miserables. Donde las oportunidades son para quien tiene influencias y el trabajo bien remunerado es una utopía, donde las tradiciones populares son nomás un distractor para no ver la dura realidad de siempre, donde en las calles abundan los indigentes, donde los niños andan haciendo piruetas en los semáforos para comer. Es cierto que el cambio tiene que comenzar por uno mismo, pero en esas condiciones, ¿quién los motiva a ellos? A todos ellos cuyo porvenir no pasa de una banqueta.
El país tiembla, siempre ha temblado y nadie quiere sentirlo. En ese ambiente es mejor cerrar los ojos, soñar con que algún día se pueda salir a caminar con libertad, la verdadera libertad, mientras tanto solo pido que me despierten cuando el temblor haya pasado.