Cuando los amigos nos dejan para siempre


Eduardo_Villatoro

Algo tengo que decir para que la angustia que siento no siga rondando mis apesarados sentimientos, a sabiendas que el tema no le interesa a mis contados lectores, pero debo hacer mi catarsis mediática después de que mis ojos se anegaron de lágrimas y nublaron mi vista.

Eduardo Villatoro


En el transcurso de pocas semanas he perdido a varios amigos. Unos relativamente distantes en lo atinente a que no nos veíamos cada cierto tiempo; otros más cercanos con el calor que concede la frecuencia de estrecharnos las manos, apretarnos en caluroso abrazo o comunicarnos por teléfono cuando por alguna circunstancia no sabíamos con certeza lo que acontecía en nuestros entornos familiares.

En unos casos el adiós definitivo estaba previsto por la enfermedad que los aquejaba; pero otros sucumbieron súbitamente sin siquiera tener tiempo de agitar la mano en señal de despedida.

A finales de diciembre, allá por Navidad, falleció mi viejo camarada Víctor Zeceña, después de cerca de dos años de haber dejado de frecuentar los sitios donde nos reuníamos para compartir pesares y alegrías de una remota y díscola juventud, y tristezas y regocijos que nos tenía deparado el Omnipotente en nuestra sosegada madurez.

Pocas semanas después, cuando ya su cuerpo yacía solitario en un cementerio me avisaron que Raúl Rodríguez, otro compañero con el que habíamos participado en múltiples reuniones en las que no hace falta embriagarse para disfrutar de nuestras satisfacciones, había muerto repentinamente una madrugada, sin tener el cuidado de contarnos previamente que su fin estaba cercano.

Hace un poco más de una semana el Eterno recibió en su seno a otro amigo que no necesitó acudir a la academia para rebosar sabiduría y firmeza en sus genuinas convicciones, además de haber legado a su familia una posición cómoda y sin presagios de premuras económicas. Su nombre era Édgar Solórzano, pero sus allegados le decíamos “El Tierno”, quien sí tuvo la delicadeza, como siempre procedió en todas sus actividades, de revelarnos que dejaría de asistir a sus reuniones porque una fatal enfermedad lo fatigaba, aunque no lamentaba el cercano término de su vida terrenal.

Suficiente tiempo tuvo Ángel Arturo López para enrumbar hacia la meta definitiva, porque también estuvo postrado en cama para meditar en que se vive un día a la vez; mientras que mi paisano Adolfo Quezada no tuvo la precaución de advertirnos que un absurdo y evitable accidente en su residencia lo conduciría a la tumba.

Esos pesares se fueron acumulando y los acepté resignadamente; pero anteayer me derrumbé cuando me avisaron que esa mañana mi amigo y compañero de 9 lustros Daniel Venegas ya no tomó el desayuno sabatino que le había servido su esposa, porque caprichosamente su corazón dejó de latir para siempre

Una noche antes había compartido viejas y reiteradas historias con otros amigos y el viernes habíamos quedado de llamarnos ayer, sin que presintiéramos que no repetiríamos saludos ni volveríamos a estrecharnos en fraterno abrazo.
 Se fue Daniel de improviso, se llevó una porción de mi alegría de vivir y me dejó en reposo su triste mirada de niño abandonado. Carpe diem.