Dentro del sistema democrático, salvo el Presidente y Vicepresidente de la República, los diputados son los funcionarios de mayor trascendencia política. Por ello, la Constitución indica: «Los diputados son representantes del pueblo y dignatarios de la nación» y les garantiza para el ejercicio de sus funciones inmunidad personal, irresponsabilidad en sus opiniones y las atribuciones de recibir el juramento de ley al Presidente y Vicepresidente de la República, al Presidente del Organismo Judicial y darles posición de sus cargos.
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Los legisladores pueden desconocer al Presidente, vencido su período constitucional, declarar si ha lugar o no a la formación de causa contra el Presidente, Vicepresidente de la República, presidente y magistrados de la Corte Suprema de Justicia, del Tribunal Supremo Electoral, Corte de Constitucionalidad, ministros y viceministros, secretarios de la Presidencia, subsecretarios, Procurador de los Derechos Humanos, Fiscal y Procurador General de la Nación; declarar con mayoría calificada la incapacidad física o mental del Presidente, interpelar a los ministros; son quienes decretan, reforman y derogan las leyes; aprueban, modifican o imprueban el presupuesto de ingresos y egresos del Estado; son los únicos que decretan impuestos ordinarios y extraordinarios, aprueban o imprueban los ingresos y egresos de las finanzas públicas, decretan honores públicos, la guerra y la paz, pueden amnistiar delitos, fijan las características de la moneda, son quienes tienen el derecho de contraer, convertir o consolidar la deuda pública, de aprobar e improbar los proyectos de ley por créditos y velan el debido pago de los mismos. Internacionalmente, aprueban previa a su ratificación los tratados, convenios o arreglos internacionales.
Con tan importantes facultades, los diputados son los principales depositarios de la soberanía nacional. ¿Por qué el Congreso, la legislatura que hoy concluye, ha permitido se le menoscabe y se le desprestigie y aun así el 43% de los representantes fue reelecto? La obvia respuesta es, porque individualmente muchos diputados, por su trabajo distrital, por su prestigio individual merecen continuar siendo representantes del pueblo y dignatarios de la nación, a pesar de la crítica que quienes opinan públicamente en la capital les atribuyen indiscriminadamente.
Los guatemaltecos estamos en la obligación de reconocer el trabajo de legisladores como Arístides Crespo, Mario Taracena Díaz Sol, Oliverio García Rodas, Nineth Montenegro, Mariano Rayo, Mario Rivera, Iván Arévalo y Eduardo Baldizón, que no sólo son diputados reelectos, sino son hábiles representantes que saben ejercer sus funciones, aunque lamentablemente no asumen el rol de dirigentes políticos y fiscalizan al Ejecutivo, a las municipalidades y a todas y cada una de las entidades que reciben aportes de los impuestos a que contribuyen los ciudadanos, principalmente los consumidores que aportan en mayor proporción que los grupos de poder a la carga tributaria existente en el país. Eso ha permitido que algunos diputados que se dedican a como de lugar a buscar el impacto publicitario, ya sea bailando o cantando, les roben la imagen que merecen los diputados serios y constantes.
Continúa.