Cruces y cristos


Jose-Barnoya

Desde hace muchos años vivimos en una tierra plagada de cruces. Cruces que aparecen cuando menos lo esperamos: en las carreteras, en los recodos, en las calles, las avenidas, los callejones y las esquinas. Hay cruces en la cuesta de las Cañas, la Conora y Alaska; hay una cruz en la esquina en donde fue sacrificado Mijangos, otra cerca del Parque de la Industria en donde cayó Colom Argueta, y la de más allá enfrente a la Politécnica que recuerda la inmolación de Fuentes Mohr. Se podría decir que hay más cruces afuera que adentro de los cementerios.

José Barnoya


Sucedió hace más de sesenta años. En el instante en el que los dobles de la Merced alborotaban a las palomas, doña Luz se ausentaba de su casa frente al cuartel de la Policía (el Segundo Toro como lo conocía el pueblo). Envuelta en un sudario y descansando sobre el piso de ladrillo, le hacían compañía: un vaso de agua cristalina cerca de su cabeza para que su alma saciara la sed; además de un crucifijo entre las manos que la acompañaría en su ruta hacia lo desconocido. Fue la tía Anita, quien en el momento en el que iban a encajonarla, lo retiró de sus manos y me lo entregó diciendo: “Guárdalo hasta el día que te toque”.

Así se inició lo que con el tiempo se transformó en una amplia colección de crucifijos. En la pared enjalbegada frente a la cama coloqué en el centro el de la abuela; cristo al que empezaron a hacerle compañía: uno de madera con el rostro oculto, muy parecido al de Dalí. A la derecha, otro ensangrentado, sin brazos, regalo del famoso cirujano Alfredo Gómez Padilla. Arriba a su izquierda se situó otro, elaborado con espigas de un trigal del altiplano. Abajito se situó el de concha nácar que la tía –abuela Sor Inés me obsequió para la Primera Comunión. De El Salvador llegó la cruz multicolor con su cristo blanco. De clavos gruesos está hecho el que merqué en una tarima de hippies.
Siguió creciendo la colección de cruces: parecen gemelos los de Antigua y Totonicapán. Prieto el de Esquipulas y amarillo el de maíz de Chi Ixim. De pino el que me regaló la hermana mayor. Con una clavo en las manos y otro en los pies el de Cuzco; de hueso el de Tepotzotlán; los brazos estirados y sin cruz el de Buenos Aires; rústico, humilde, el cristo contrahecho con el barro de Solentiname por las manos de poeta de Ernesto Cardenal; amarilla, la mazorca crucificada abre sus brazos en una cruz nativa.

Aparece de pronto la leyenda en la carroza de Arquitectura en el desfile de Dolores de 1998: “Fue perseguido y martirizado, condenado y asesinado. El mundo está lleno de cristos que venden periódicos, cuidan carros, que son torturados, explotados, traicionados y marginados. ¡Cristo está vivo! Se ha multiplicado, está en las fábricas, mercados, plantaciones, barrancos y lugares olvidados; y nunca habrá tantas cruces para tantos cristos”.