¿Crí­tica de buena o mala fe?


En la democracia ha existido una permanente lucha por la desconcentración y la división de poderes, no hay democracia donde no existan diferencias entre la calidad y preparación de los diputados que legí­timamente la población escoge. Pretender que todos fueran iguales, serí­a desconocer la realidad de los pueblos.

Juan Francisco Reyes López
jfrlguate@yahoo.com

La historia de las democracias más consolidadas se refleja en la evolución de sus parlamentos. Inglaterra con Oliver Cromwell, hoy con laboristas y conservadores; Estados Unidos con Thomas Jefferson, actualmente con demócratas y republicanos; España con su evolución de conservadores, liberales y hoy socialistas. Lo mismo podrí­amos decir de otros paí­ses de América Latina.

«Para conocer a aquél hay que vivir con él». El Congreso es dinámico, representativo y diverso, por ello es que es tan importante que quienes aspiran a la presidencia y vicepresidencia de la República hayan sido diputados, mejor aún si lo han sido por varios perí­odos. No es lo mismo estar en una organización rí­gida, vertical, donde se le enseña al individuo a cuadrarse y a decir «a la orden de usted», que vivir dentro de un organismo democrático donde todas las opiniones merecen ser escuchadas, evaluadas, discutidas y si es necesario buscar el término medio que implica el consenso.

Justificar o pretender obviar la responsabilidad de haber utilizado recursos públicos y colocarlos en inversiones especulativas, como fue el caso de los Q82.8 millones que ilegalmente se colocaron en una casa de bolsa, no serí­a procedente, pero atacar por ese hecho de forma generalizada a la totalidad de los diputados que integran el Congreso de la República, tampoco se justifica.

En el caso concreto de la improcedente inversión del Congreso de la República, «hay que poner el loro en la mano de quienes son responsables», en ningún caso condenar a la totalidad del Congreso como algunos conocidos medios y personas pretenden hacerlo.

Con la severa crí­tica generalizada al legislativo, buscan el objetivo de mantener en debilidad al sistema y más grave aún, menoscaban la democracia al improcedentemente condenar -de forma generalizada y poco objetiva- a muchos diputados que merecen el respeto y el derecho que legí­timamente les concedió el pueblo que los eligió.

La democracia se fundamenta en el respeto a las instituciones y a las personas, lamentablemente en Guatemala se produce, con la crí­tica maquiavélica, el constante deterioro de las instituciones, de quienes se atreven a postularse y asumir la responsabilidad de la gestión pública, los grupos de poder sobredimensionan cada hecho que les conviene para así­ beneficiarse y mantener al Estado en una permanente crisis, en un permanente debilitamiento.

El Estado fallido no es sólo que las instituciones no logren cumplir con los fines y deberes que les corresponde, es también que los grupos de poder oculto jueguen a la anarquí­a, jueguen a la agresión, al no pago de sus impuestos para poder mantener y conservar el poder polí­tico que no les corresponde, que no están dispuestos a perder, para ello dividen y deterioran al sector público y así­ poder prevalecer.

El Congreso de la República, las bancadas que lo integran deben saber poner los puntos sobre las í­es y no permitir que colectivamente se les condene, se les haga responsable de las equivocaciones y abusos de unos pocos. Este es el momento en el que los diputados deben de saber, deben de exigir y de enmendar las omisiones y los errores que han permitido que personas del sector privado instrumentalicen la buena fe en su beneficio y provecho.