En días pasados recibí una nota de un colega, profesor de teología, Herbert ílvarez, en la que me invitaba a reflexionar sobre la relación entre cristianismo e islamismo. Como la nota es un poco larga (y provechosa según mi opinión), la comparto en dos entregas para que los lectores saquen sus propias conclusiones.
Todavía conservo el regalo que Ashraful Amin Khan me dio al despedirnos después de haber vivido en el mismo edificio durante dos años y medio en mis tiempos de estudio en Alemania. í‰l, un ferviente islamista de Bangladesh; yo un ferviente católico practicante. Antes de regresar a Guatemala me dio parte de su indumentaria islámica como forma de expresar nuestra amistad y hermandad… Y así era. Todo mundo creía que éramos hermanos. Lo parecíamos: la estatura, el color de piel, pero sobre todo nuestra gran familiaridad. í‰ramos realmente hermanos. Todavía hoy, al encontrarnos anualmente, vivo en su apartamento, compartimos y pasamos unos días de gran alegría, celebrando el volver a darnos un abrazo de reencuentro.
Nosotros, los guatemaltecos, y en general los afroindígena -latinoamericanos, no habríamos tenido tanta «información» del mundo islámico, si no fuera por los conflictos de los últimos años, sobre todo después de los problemas en Afganistán, Irak, y el ataque del 11 de septiembre. Y aunque desgraciadamente nuestra información depende mucho de cierta visión malintencionada del pensamiento estadounidense, dependiente de la política de George Bush (hijo), la cual ha creado cierta sombra de mala reputación del mundo islámico como «esencialmente terrorista»; creo que cada vez más se va comprendiendo que no es así. La gran parte del mundo islámico no es terrorista. Y muchas veces comparto con mis estudiantes la opinión de que con sólo que la mitad del mundo islámico lo fuera, estaríamos haciendo ya los análisis de una tercera guerra mundial acabada. Con esto no quiero decir que estoy santificando a personajes como Osama bin Laden o Saddam Hussein. Es verdad, que hay movimientos terroristas islámicos, pero ni son todos, ni son la mayoría, sino al contrario: una gran minoría.
El primer párrafo de este artículo, quiere expresar lo profundo y humano que podemos compartir cristianos e islamistas, lo hermandad que podemos llegar a tener bajo las coordenadas del respeto, el diálogo, la aceptación mutua, el descubrir que somos hijos de un mismo Dios, habitantes de la misma «casa grande». A partir de este deseo y esta urgencia hablamos hoy en Teología de «Diálogo Interreligioso».
Este «Diálogo Interreligioso» implica el acercarse unos a otros, compartir mutuamente, ayudarse recíprocamente, trabajar comúnmente a favor del amor, la misericordia y la justicia; discutir benévolamente las situaciones que haya que discutir, pero nunca odiarnos fríamente o cerrarnos totalmente al intercambio humano.
En el caso cristiano expongo aquí algunas reflexiones a tener en cuenta en relación a nuestra necesaria, obligada y evangélica apertura al mundo islámico y a las otras religiones no cristianas:
1) «Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó.» (Gn 1:27) Deducimos que todos los seres humanos somos criaturas de Dios, por lo tanto hermanos; entonces, llamados a la confraternidad.
Continuará?