El impacto global de la crisis financiera tiene un rostro humano que afecta a más de 2 mil millones de personas en el mundo. Guatemala, nuestro país, aporta su oprobiosa cuota de habitantes que se debaten entre la pobreza y la pobreza extrema. La inseguridad alimentaria y los altos índices de malnutrición se ven aún más golpeadas por esta crisis de la que somos víctimas y se generan toda suerte de resistencias para no ver «la viga en nuestro propio ojo».
Desde hace al menos dos décadas atrás, el mundo en general y Guatemala en particular, han manifestado una amplia capacidad en la productividad agrícola. De hecho, en función de un monocultivo: el azúcar, nuestro país se ha llegado a constituir en un importante exportador de escala mundial. Sin embargo, aquí seis de cada diez guatemaltecos viven en situación de pobreza y de éstos tres de cada diez en pobreza extrema. Eso que significa: que en el primero de los casos estos paisanos nuestros deambulan y a duras penas sobreviven con dos dólares de los Estados Unidos de América al día y para el segundo índice que su presupuesto se desenvuelve en promedio a razón de casi ocho quetzales al día.
Pero se ha insistido en imponer un salario mínimo por productividad, vaya manera de ignorar la cruda realidad que nos envuelve.
A escala mundial, en los últimos cinco años, ha habido una producción de cereales que ha superado en un 40 por ciento más los requerimientos alimenticios del mundo contemporáneo. Entonces cómo se explica que también a escala mundial hoy día existen al menos 800 millones de personas que padecen lacerante hambre y altos grados de desnutrición. De esas 800 millones de personas, Guatemala «aporta» poco más de cuatro millones de connacionales.
Pero se continúa insistiendo en la necesidad de promover la denominada responsabilidad social empresarial como el conjunto de acciones que sobran y bastan para encarar esta crisis alimentaria y nutricional y otras miserias que nos rodean.
¿Y qué tiene que ver ese cuadro desalentador que posee nuestra población en materia alimentaria y nutricional con la crisis financiera global? Esa distribución inequitativa imperante de la riqueza. Esa fisura acentuada en las últimas décadas es el abismo que nos separa. Es el barranco que limita nuestras potencialidades. Es la estructura que acentúa nuestras desigualdades. Es el modelo que se defiende y que lamentablemente se justifica de cientos de miles de maneras. Y la indiferencia política imperante se torna en cómplice displicencia hacia el capital y su modo de comportamiento que nos es otra cosa que total arrogancia y crueldad hacia los más necesitados.
Aquí ridiculizamos el esfuerzo y el tesón por promover empleos, las acciones que tienden a intentar cambiar el conjunto de condiciones injustas prevalecientes.
Aquí, en nuestro país, en donde por lo menos 47 de cada mil niños nacidos vivos ya están condenados a que se habrán de morir antes de llegar a los cinco años de edad por enfermedades perfectamente prevenibles. Aquí en nuestro país, que se adjudica el nada envidiable récord de ser el TERCER PAíS EN EL MUNDO en donde más niños mueren a causa del hambre y la desnutrición. Aquí se continúa ignorando que las causas de la injusta distribución de la riqueza son las promotoras de la crisis financiera mundial. Aquí se esconde la cabeza para no reconocer nuestras miserias. ¡Qué viva el libre mercado! ¿Verdad?