crisis financiera


En las últimas semanas, las noticias económicas, sobre todo las de los mercados bursátiles, son las que acaparan la atención de todo el mundo. Wall Street es el epicentro de este terremoto financiero, que se extiende, se quiera o no hasta las pocas desarrolladas economí­as de nuestros paí­ses.

Redacción Economia
lahora@lahora.com.gt

Pero, ¿qué tiene que ver la caí­da del indicador del Dow Jones con el alto precio de los tomates en Guatemala? Todo, en economí­a, está í­ntimamente relacionado, y una guerra en el Cáucaso o el cambio de Gobierno de un paí­s de Medio Oriente, puede impactar en los precios nacionales. En las lí­neas que siguen a continuación, se intentará descubrir cómo y por qué empezó esta crisis financiera.

Un mundo ideal

La década de los noventa fue un perí­odo de gloria para el capitalismo; con la caí­da del Muro de Berlí­n y el resquebrajamiento de la Unión Soviética, el socialismo se habí­a quedado atrás en la pugna por ser el sistema polí­tico económico que rigiera la humanidad.

Esta belle epoque del capitalismo fue el marco ideal para otros cambios económicos mundiales; la aceleración del proceso de la llamada globalización; la aceptación de las economí­as de libre mercado en la mayorí­a de paí­ses; las aperturas comerciales internacionales y la propagación de los acuerdos de comercio libres de aranceles, y, por último, el bombazo que representó la Internet, que terminó de ser la herramienta ideal para este nuevo mundo.

La Internet facilitó gran parte de los procesos comerciales. Sin conocer siquiera el rostro de los proveedores, se podí­a comprar materias primas en varias partes del mundo. Pero esta despersonalización de las transacciones comerciales, también restó parte de la «responsabilidad». Al no saber quién está detrás de una computadora, los «traders» se ven más libres para comerciar.

Es por ello, que la Internet también propicia la especulación financiera. En 2001, la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed) empieza a afrontar problemas. El sistema bursátil bancario era aún muy conservador. Bajos intereses, cuentas de ahorro con intereses casi a cero, y poca probabilidad de riesgo en los préstamos.

Es decir que, en pocas palabras, esta belle epoque no se vio respaldada por un perí­odo de máxima prosperidad financiera. Para empezar a crecer, los bancos abrieron más los créditos, con baja tasa de interés, pero a personas que podí­an pagarlos, para no perder. Además, se bajaban las tasas de interés de cuentas de ahorro y plazos fijo; ello hace que sea más rentable invertir en bonos de los Estados, ya que ofrecí­an más altos intereses.

Asimismo, los bancos, al ver que habí­a poco deseo de invertir en sus clientes, empiezan a cobrar por mantenimiento de cuenta, para aquellos que no moví­an para nada su dinero, y que estaban usando a estas instituciones como simples «alcancillas». Pero, en lugar de proponer negocios más atractivos, las instituciones bancarias en desarrollo, como las de Guatemala, prefirieron rifar televisiones o viajes, para aquellos que tuvieran en movimiento sus cuentas.

Una gran idea

No se sabe cómo, ni en qué momento, los grandes bancos mundiales, en especial los de Estados Unidos, deciden hacer préstamos más arriesgados. Es decir, prestaban a personas que tení­an un perfil muy bajo que no aseguraba que iban a pagar. En otras palabras, se daban préstamos sin fiador, sin tener ingresos fijos, ni empleo, ni propiedades; se daba crédito a casi cualquiera.

Claro, habí­a atractivos; los clientes, que por años se quejaban del poco acceso a crédito, vieron esto como la oportunidad de comprar casas y terrenos. Los bancos, por su parte, debí­an tener su parte de ganancia, por lo que las tasas de interés para este grupo de personas, necesariamente debí­a ser más alto.

Para terminar de afinar esta «grandiosa» idea, se anunció un gran «boom» inmobiliario. Es decir, expertos valuadores declararon que en diez años, los inmuebles habrí­a duplicado su valor, lo cual quiere decir que, si compró esta casa en X cantidad, en diez años podré duplicar su costo, y mi inversión tendrá cien por ciento de ganancia.

Como se supondrá, hubo una explosión de estos préstamos. Anteriormente, los créditos e hipotecas de bajo riesgo, eran catalogadas como «prime», es decir, las que tení­an una alta probabilidad de ser pagada por el deudor. En contraste con estos nuevos préstamos, los de alto riesgo, se les denominó «subprime» (hasta ahora sabemos qué significa esa palabrita).

La economí­a iba súper. Todo esto vení­a a culminar este triunfo del capitalismo. Los deudores de alto riesgo tení­an acceso a empleos que cada vez pagaban mejor, y la deuda empezaba a cubrirse. Nuevos préstamos se solicitaban. Ahora ya no era para comprar casa, sino para ampliarla o repararla; además, comprar carro y hasta irse de vacaciones.

Y todo iba tan bien, que los bancos estadounidenses empezaban a quedarse sin liquidez, porque la mayorí­a estaba en préstamo. Solución: pedir préstamos a bancas extranjeras. Y entran a funcionar en este mecanismo «subprime» las instituciones europeas, sobre todo las británicas, y las asiáticas.

Entonces, un amplio juego de préstamos a nivel mundial empezaba a darse. Para atraer liquidez, las instituciones financieras empezaban a ofrecer fideicomisos, bonos de tesoro, fondos de pensión, etc., a excelentes tasas de interés.

Empiezan los problemas

Es el caso, por ejemplo, y para aterrizar un poco en Guatemala, de Bancafé, que decidió invertir, con muy mala fortuna, en instituciones financieras extranjeras, o del Banco de Comercio, que utilizó los fondos de pensiones de la misma forma, sólo que esta empresa jamás avisó a sus clientes que lo estaban invirtiendo en offshores. La consecuencia de estas fatales decisiones, no hace falta recordarlas, ¿verdad?

Por su parte, las llamadas Normas de Basilea, establecieron que los bancos y financieras debí­an tener un capital mí­nimo con respecto a sus activos. Pero como la mayorí­a de estos «activos» estaba en riesgo, debí­an crearse algunas estrategias de inversión que, pusieran dinero en movimiento, pero que también sirvieran para cumplir con estas normas internacionales.

Entonces, los gurús financieros crearon los Mortgage Backed Securities (MBS), o mejor dicho, documentos que afirman las obligaciones «garantizadas» por una hipoteca, y ello permite que este dinero riesgoso esté «garantizado».

Surgen, pues, las empresas alternas, creadas con el mismo capital. Se le venden estos MBS a estas empresas y… ¡todo arreglado! Ahí­ estaban sus obligaciones con Basilea, mientras que el dinero seguí­a en riesgo.

Y qué pasó?

El tiempo pasaba; Estados Unidos, para entonces, ya estaba enfrascado en guerras millonarias. Y, lo que era peor, el precio de las casas no subí­an. Esa supuesta inversión inmobiliaria, que presuntamente darí­a el doble de lo gastado, no estaba ocurriendo.

En el 2007, varios de los deudores de las «subprime» se dieron cuenta que, gracias a esos créditos fáciles, tení­an una gran deuda, y que su capital no alcanzaba. Además, el costo de una guerra empezaba a hacer mella, y esa supuesta bonanza de empleos, no habí­a subido. Al contrario, habí­a más desempleo y salarios recortados.

Entonces pasó. Los bonos de tesoro, fondos de pensiones, MBS, etc., empezaban a ser exigidos por sus supuestos compradores. Al ser requeridos al banco, éste decí­a: «lo tenemos invertido allá»; y, al ir allá, decí­an: «lo tenemos invertido más allá»?, y así­, tras una larga fila de «allás», se dieron cuenta de lo inevitable: ese capital no existí­a y, en consecuencia, los deudores no tení­an cómo pagar.

¿Soluciones?

Sí­, gracias. ¿A cuánto la docena? Entonces, empezaron a surgir nuevas ideas para reactivar la economí­a. Ante el aumento del desempleo, habrí­a que expulsar a los migrantes, que eran señalados de tener el trabajo que el deudor necesitaba, a pesar de que los migrantes hací­an labores que todo el mundo rechazaba.

Así­, también, se controlaba esa salida indiscriminada de remesas, que lo que hací­a era que llenaban de liquidez a los paí­ses en ví­as de desarrollo, y le quitaban efectivo a la economí­a estadounidense. Para hacer una estimación, se calcula que el año pasado vinieron al paí­s alrededor de 4 mil millones de dólares, es decir, casi las dos terceras partes del Presupuesto General de Ingresos y Egresos de este año.

Otra solución. Ante la caí­da del mercado inmobiliario, que ofrecí­a duplicar ganancias, habí­a que crear otra expectativa de inversiones, a fin de que, en poco tiempo, se pudiera equilibrar. ¿Y qué mejor que aumentarle al petróleo?

Todo el mundo usa petróleo. De la perforación, a la refinerí­a; de la refinerí­a, a los mercados locales; de los mercados, a las gasolineras; de las gasolineras, a los usuarios de automóviles, que, para equiparar el aumento, debí­an aumentar, a la vez, los productos que transportaban.

De un precio histórico de 70 dólares el barril de crudo, hace algunos meses, se llegó a la abusiva cantidad de 150 dólares el barril. ¡Más del cien por ciento! Exactamente la ganancia que ofrecieron, a principios del siglo, por el mercado bursátil.

Y, así­, hasta que se recuperer los 55 mil millones de dólares que se perdieron en la subprime. Y de ahí­, se duplica el precio de la canasta básica, que necesita de camiones, que utilizan diésel Para transportar, los tomates, la leche y, en fin, todas esas cosas que están carí­simas en nuestro paí­s.

Y, así­, llegamos al final (o mejor dicho, la coyuntura actual) de esta historia. En realidad, no se está notificando algo nuevo. Sin embargo, es justo saberlo, porque cada semana conocemos la quiebra de un banco mundial, la inyección de liquidez que la Fed está dando al sistema bancario de Estados Unidos, y, mientras tanto, no sabemos en qué otra forma nos pueda afectar. ¡Cuidado!

¿Soluciones?


Sí­, gracias. ¿A cuánto la docena? Entonces, empezaron a surgir nuevas ideas para reactivar la economí­a. Ante el aumento del desempleo, habrí­a que expulsar a los migrantes, que eran señalados de tener el trabajo que el deudor necesitaba, a pesar de que los migrantes hací­an labores que todo el mundo rechazaba.

Así­, también, se controlaba esa salida indiscriminada de remesas, que lo que hací­a era que llenaban de liquidez a los paí­ses en ví­as de desarrollo, y le quitaban efectivo a la economí­a estadounidense. Para hacer una estimación, se calcula que el año pasado vinieron al paí­s alrededor de 4 mil millones de dólares, es decir, casi las dos terceras partes del Presupuesto General de Ingresos y Egresos de este año.

Otra solución. Ante la caí­da del mercado inmobiliario, que ofrecí­a duplicar ganancias, habí­a que crear otra expectativa de inversiones, a fin de que, en poco tiempo, se pudiera equilibrar. ¿Y qué mejor que aumentarle al petróleo?

Todo el mundo usa petróleo. De la perforación, a la refinerí­a; de la refinerí­a, a los mercados locales; de los mercados, a las gasolineras; de las gasolineras, a los usuarios de automóviles, que, para equiparar el aumento, debí­an aumentar, a la vez, los productos que transportaban.

De un precio histórico de 70 dólares el barril de crudo, hace algunos meses, se llegó a la abusiva cantidad de 150 dólares el barril. ¡Más del cien por ciento! Exactamente la ganancia que ofrecieron, a principios del siglo, por el mercado bursátil.

Y, así­, hasta que se recuperen los 55 mil millones de dólares que se perdieron en la subprime. Y de ahí­, se duplica el precio de la canasta básica, que necesita de camiones, que utilizan diésel Para transportar, los tomates, la leche y, en fin, todas esas cosas que están carí­simas en nuestro paí­s.

Y, así­, llegamos al final (o mejor dicho, la coyuntura actual) de esta historia. En realidad, no se está notificando algo nuevo. Sin embargo, es justo saberlo, porque cada semana conocemos la quiebra de un banco mundial, la inyección de liquidez que la Fed está dando al sistema bancario de Estados Unidos, y, mientras tanto, no sabemos en qué otra forma nos pueda afectar. ¡Cuidado!

Pero, en lugar de proponer negocios más atractivos, las instituciones bancarias en desarrollo, como las de Guatemala, prefirieron rifar televisiones o viajes, para aquellos que tuvieran en movimiento sus cuentas.