Los primeros días de la campaña para la segunda vuelta de la elección presidencial afgana del próximo 7 de noviembre se desarrollan en un marco de crecientes temores e interrogantes, que socavan la credibilidad de estos comicios, cuya primera vuelta ya fue un desastre.
Las amenazas de fraude, la débil participación y los ataques de los talibanes -además de la nieve que, en algunos lugares, ya empezó a caer- inducen a algunos expertos a pedir una postergación de los comicios hasta la primavera boreal o un acuerdo entre los dos principales candidatos, el presidente saliente Hamid Karzai y su ex canciller Abdulá Abdulá.
«La saga de las elecciones afganas no ha terminado. Tendremos los mismos problemas que en la primera vuelta», advierte Harun Mir, director del Centro afgano de investigación y estudios políticos.
Karzai aceptó esta semana una segunda vuelta, tras revelarse que una tercera parte de los votos que logró el 20 de agosto eran fraudulentos, con lo que su resultado cayó ligeramente por debajo del 50%. Abdulá obtuvo en torno al 30%.
Naciones Unidas, que financia la elección, ha previsto unos 380 millones de dólares para las dos vueltas y una nube de expertos para intentar otorgar credibilidad al proceso.
Pero en lugar de mostrar a Afganistán como una democracia embrionaria, las elecciones revelaron la corrupción endémica y la arbitrariedad del Estado.
Cerca de 1,3 millones de sufragios fueron declarados fraudulentos, sobre un total de 5,66 millones.
Harun Mir piensa que la participación será «aún más baja en la segunda vuelta» que en la primera (cuando alcanzó al 38,7%), porque desde entonces «la seguridad en Afganistán se ha degradado».
El candidato que ocupó el tercer lugar, Ramazan Bashardost (10,4% de votos), dijo el jueves que contemplaba la posibilidad de exhortar a sus votantes a boicotear la segunda vuelta, en protesta por la corrupción institucionalizada en el país.
Por otra parte, «ya nieva en algunos lugares, por lo que probablemente ni la Comisión Electoral será capaz de llevar hasta allí las nuevas papeletas de voto», subraya la diputada Shukria Barakzai.
Varias regiones, especialmente en el sur pero también en el este y, cada vez más, en el norte, están bajo influencia de la insurrección islamista, que nunca ha sido tan activa desde que la invasión liderada por Estados Unidos para derrocara al régimen de los talibanes a fines de 2001.
Rachel Reid, de la ONG Human Rights Watch, considera que sin la participación de las mujeres, a menudo confinadas en sus casas, «es difícil que la segunda vuelta tenga credibilidad».
Para algunos diplomáticos, Karzai y Abdulá, bajo intensa presión internacional para sacar al país de la crisis política de los dos últimos meses, podrían llegar a un acuerdo político, quizá compartiendo el poder, para evitar una segunda vuelta.
«Las verdaderas negociaciones empiezan ahora, pero la posibilidad de llegar a una unión es muy, muy escasa», teme un diplomático occidental que requiere el anonimato.
«Ninguno de los dos necesita una segunda vuelta, sobre todo Karzai, que debe aparecer como alguien que une al país. Si hay segunda vuelta, las divisiones étnicas se acentuarán», añade.
Pero para el experto político Ahmad Sayidi, un acuerdo entre los dos hombres sería contrario a la Constitución.
«Todos los puentes ya han sido levantados detrás de nosotros. No tenemos otra opción que no sea una segunda vuelta», afirma.
Harun Mir aboga por postergar la segunda vuelta hasta la primavera, para que las autoridades tengan tiempo de mejorar la seguridad y la logística electoral.
«No hay urgencia, porque lo que está en juego es el destino de Afganistán en los próximos años», afirma.