Hace calor. Es una advertencia de lo que será el verano en España. Se han dejado por un lado, escondidos en el armario, toda la ropa de invierno y los colores, formas redondas y frescas recorren las calles bañadas de sol. Las plazas se frecuentan para acariciar la grama y bañarse con los rayos del astro rey. Los perros juegan con perros; las niñeras cuidan a los pequeños y los amantes se esconden tras la sombra de un árbol para jurarse cariño perdurable. Así transcurren los días de esta calurosa primavera. Yo intento digerir, con detenimiento, las amenas letras de Roberto Bolaño, las últimas páginas de Putas Asesinas son una buena compañía de banca.
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Mientras veía a los rostros de esas chicas sudamericanas balanceaban a los niños rubios de padres ausentes, o aquel jardinero, probablemente centroamericano, podando el césped para el buen descanso de los adolescentes, me rebotaba en la mente la agradable conversación que sostuve con la cónsul de Guatemala en España, Beatriz Méndez de la Hoz, unos días atrás. Ella, muy cordial, me comentaba sobre la situación de los compatriotas que residen de este lado del mar. La embajada estima que hay al menos 3 mil guatemaltecos que viven en España, sin embargo, registrados tienen mil 247, cifra que va en aumento. Y es que se abren cada vez más oportunidades de becas para estudiantes e inclusive logran contratos de trabajo para algunos profesionales, empero, una gruesa parte de esa cifra se han quedado para ocupar subempleos en jardinería, labores domésticas, hostelería, etcétera. También hay un porcentaje representativo de guatemaltecos trabajando en empresas, científicas y educativas, entre otras.
Pero de todo eso, lo que más me preocupó fue lo que algunos oportunistas, o personas con «mucha creatividad» bañada de malicia están haciendo. Y es que han embaucado a grandes grupos, campesinos en su mayoría, ofreciéndoles contratos de trabajo con la advertencia que deben pagar una comisión por «los trámites» que han hecho para que vengan con plena seguridad a un empleo. Negocian con la necesidad. Estos venden sus propiedades, hacen préstamos y se aventuran con la ilusión de cambiar el «sueño americano» por el «sueño español». Según Beatriz, cuando pisan suelo ibérico se encuentran que todo ha sido un engaño y al final se quedan sin nada. Otros más astutos, abusan de la ingenuidad del necesitado y les pintan la posibilidad de que España sea un canal efectivo para viajar a Estados Unidos. Los precios que cobran, según se supo, son similares a los que cobran los coyotes. Exceso de creatividad o abuso de la ingenuidad. Quién sabe. El sol se esconde. Bolaño me advierte que es hora de parar la lectura. La plaza se vacía y el jardinero centroamericano abandona la plaza con un suspiro que silenció el ambiente.