Hace pocos días me cupo el honor y el agrado de reunirme con el vicepresidente Roberto Carpio Nicolle, quien fuera uno de los tres presidentes alternos de la constituyente que elaboró y decretó la actual Constitución Política de la República.
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Fue una conversación extensa, interesante e ilustrativa. Como típico chapín le pregunté al ex vicepresidente Carpio Nicolle ¿cómo transcurría su vida y cómo se encontraba su situación física y económica? Con la cortesía y prudencia que le caracteriza, me respondió que su salud se mantenía y aunque con limitaciones vivía de forma decorosa.
Qué diferente ha de ser la vida de un ex rector magnífico de la Universidad de San Carlos, la de un ex presidente(a) del Banco de Guatemala, de un ex gerente o presidente del IGSS que gozan de significativas pensiones sin haber tenido una responsabilidad mayor o como las tienen los presidentes o vicepresidentes de varios países en Centroamérica y Latinoamérica. Ahí nunca hubiera sido necesario legislar expresamente para que el presidente Juan José Arévalo pudiera vivir dignamente. «Cosas veredes, Sancho amigo».
Nuestra conversación la dedicamos en un 95% al análisis de la coyuntura política, la posible y evidente necesidad de actualizar la Constitución; gracias a su experiencia y confianza, confirmé que los constituyentes de esa época, sin que ese fuera su mandato expreso, decidieron establecer una serie de candados o cortapisas a la reforma constitucional porque el momento político así lo aconsejaba, como también no abordaron reformas como la de establecer que el Ministro de la Defensa fuera un civil y otras muchas más que ahora son urgentes.
Abordamos el tema de la debilidad del Estado cada día mayor, de la inseguridad, pobreza, evasión o apropiamiento del pago de los impuestos, inequidad tributaria y cómo el sistema político partidario se debilita, que el presidencialismo es cada día mayor como consecuencia de la interferencia y privatización de la política.
Coincidimos que una mejor alternativa democrática, de la cual ya se plantó la semilla en la Constitución, es pasar de un sistema presidencial a uno parlamentario, como lo ha sido en España, Israel, etc.
Vemos cómo se acerca la posibilidad que la mayoría de guatemaltecos, cansados de la debilidad del Estado, la incapacidad de encontrar soluciones de corto, mediano y largo plazo, del abuso que hace la supercúpula económica, surja un gobierno parecido al de Venezuela, Bolivia o Ecuador, como consecuencia del debilitamiento de los partidos políticos y de la privatización de la función de gobierno.
La vivencia, la experiencia y la suma de nuestras edades nos permiten decir con seguridad que amamos Guatemala, a la patria grande centroamericana, que por amor a ellas, a nuestros conciudadanos, familias y descendientes, abogamos por un mañana mejor. El parlamentarismo es sin duda alguna la mejor posibilidad política para que nuestro país salga del círculo vicioso, del presidencialismo, de la interferencia de los grupos de poder y se supere el abuso y la explotación del hombre por el hombre, evitando así la reacción de un pueblo que nos pueda llevar a un gobierno autoritario de izquierda o de derecha. Los extremos siempre son menos adecuados que las democracias que se fundamentan en el gobierno del pueblo y para el pueblo.