Guatemala es una especie de milhoja. Capas y capas de escándalos hacen un bocadillo para que cualquier fetichista de la sangre se chupe los dedos. Hojas y hojas, y a veces son tantas que se nos va olvidando que hemos dejado hasta abajo.
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Hay cosas que bien vale la pena recordar, o recordarles a quienes tienen en su haber la responsabilidad de que no sucedan más. Responsabilidad que adquirieron desde el mismo momento que aceptaron meterse en el juego del poder y ponerse detrás de los burocráticos escritorios, desde como si fuese un juego de mesa, intentan resolver los problemas de todos, más bien los suyos o de sus más cercanos.
Es importante recordar, cosas recientes, o no tan recientes, que nos tienen sumidos en nuestra propia desestabilización. Por ejemplo, el otro día, me topaba con un viejo amigo con el que compartía el autobús hacia Palencia, en ese entonces, solíamos pagar Q1.50 y de un momento a otro, a su sabor y antojo los señores «empresarios» de las camionetas le zamparon Q0.50 más, haciendo que nuestro presupuesto mensual de transporte creciera.
Pues resulta que, ahora se pagan Q3.OO ¿Y no que habían obligado rebajar la tarifa, pues?, le dije. Mano, en este país cada quien hace de las leyes su papel higiénico. «Y lo peor de todo, -añadió el ameno conversador-, es que los que tienen que controlar que no abusen, se hacen las vacas». Las rutas cortas, ganaron la partida, y el decreto de rebajar las tarifas es una hoja que se la lleva el viento.
Ahora que tengo automóvil, que por dicha camina, soy uno más de los que pagan el pato de los amos y señores del combustible. Es increíble como cada semana los precios varían, -para arriba claro está-, esa palabra que me gusta tanto: especulación. La gasolina sube, y todo sube, eso no es un secreto que todos saben, de hecho es un martirio que pasa factura a quienes ocupan la cola de la economía nacional. Mientras las carteleras de precios en las gasolineras juegan su bingo, el tema quedará, otra vez, de segundo plano, porque lo importante en la agenda es otra cosa.
¿Y los pilotos? ¡Por Dios! Los pobres siguen rezando a su santo de devoción porque terminen un día más con vida, y por lograr recolectar lo exigido por los extorsionistas. Esta mañana, por ejemplo, un chofer de una de las rutas en la zona 6 fue blanco de un ataque; pero, por dicha, para las autoridades estos han desminuido. Siguen matando, pero ahora son menos, se dicen satisfechos.