Cosa de encantadores


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Dicen que la política es un arte, será porque lo que sucede muchas veces en la lucha por el poder es una creación comunicativa, que muchas veces se vale de una estética política para expresar emociones e ideas desde una visión particular de la realidad. Esa creación está forjada sobre valores que no necesariamente son asumidos por las mayorías o las minorías. De ahí surge la necesidad de un encantamiento, un hechizo, una nigromancia.

Julio Donis


El que mejores posiciones de poder alcanza necesita en primera instancia, estar encantado así mismo en una suerte de conjuro. Luego necesita dominar la alquimia del convencimiento, ofreciendo el cielo en la tierra a plazos y sin enganche con cuotas bajas. Esos poderes de persuasión se maximizan cuando el encantador de serpientes logra hacer que el espectador crea que puede encantar también al igual que él, que crea que puede hacer bailar una cobra en su regazo. Cuando se tiene no una docena sino varias docenas de docenas observando el espectáculo en la plaza institucional, todos ellos hipnotizados con el espectáculo del poder, y a la vez creyentes que también pueden hacerlo, convencidos por el encantador de que sus poderes son mágicos y que sus poderes son lo suficientemente fuertes para el bien de todos los creyentes, solo en ese momento el mago puede extender su cobertura de poder porque el mensaje ha logrado incidir en la mente de los observadores que se han convertido en participantes. Hay afuera del círculo otros espectadores que observan incrédulos, algunos quieren montar su propio espectáculo y hay otros que se atreven a develar el truco del hechizo porque lo conocen. El tiempo del encantamiento se combina con el tiempo para la cooptación. Mientras la cobra hace su trabajo, los políticos deben implementar actos más refinados para involucrar al no creyente, al que piensa diferente, al que alza su crítica demasiado alto. La cooptación pues también es una actividad que requiere destrezas artísticas; mientras que la política puede ser para dominar a las masas, la cooptación es una obra para doblegar al oponente más duro y más incorruptible. El artista cooptador debe saber entender la psiquis del objeto de su acción, muchas veces es un vacío o un deseo no cumplido lo que ofrece la causa perfecta, para pasar la bandeja de plata en la que se servirán los bocados que justificarán en el cooptado, su hambre insatisfecha. En el teatro de la política donde han debutado e improvisado todos, también se han expuesto las debilidades y las aspiraciones. El sujeto cooptador puede ser un Estado, un dirigente político, un asesor, la propia pareja, un Presidente o un gerente, puede ser cualquiera que detente una posición de poder con la suficiente visión estratégica, para identificar potenciales fuentes de desgaste o debilitamiento a su plan particular. Los objetivos de la cooptación van desde la presión a un Estado para que gobierne según intereses transnacionales, la compra de voluntades de líderes sociales o políticos opositores para debilitar su rebeldía, hasta la necesidad de ocultar un hecho con la comparecencia de un cómplice. En tiempos de posmodernidad, ha sido fácil cooptar a más de un alma con el hechizo del fin de las ideologías o que las periferias ya no tienen centros, se impone la percepción que el pasado ha sido superado y que en el presente todos podemos participar en un baile ecualizado que esconde la historia y las contradicciones. Un mecanismo común de cooptación es lanzar la necesidad de colaboradores (también se les suele llamar asesores externos) que generalmente han tenido en sus manos la “tercerización” de actividades como el desarrollo social, la lucha por los derechos humanos, gestión pública o incidencia. Los que atienden el llamado se engañan a sí mismos porque cuando la política se vuelve un hechizo, la realidad es un acto de magia y los ciudadanos pronto abandonarán el teatro.