Decía José Martí, «los niños son la esperanza del mundo»,
¿pero, cuántos de ellos pierden la vida en el camino
por la violencia, la negligencia o la estupidez?
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Trastumbando en el recorrido a casa, dejaba escapar por su boca cataratas de agua alcoholizada combinada con vestigios de bocas baratas de cantina.
Así, sosteniéndose de paredes, portones, vehículos y de la mano oculta en su inconsciente de un amigo imaginario, Arturo apretó la manecilla de la puerta y se abalanzó sobre la alfombra de «bienvenido».
Casi a rastras alcanzó el gabinete de la cocina y abrió el grifo del lavatrastos, depositó allí el resultado de los jugos gástricos y baño sus cabellos hasta saciarlos. Quizá buscó entre estantes y gavetas un poco más de beber, de compañía líquida, de olvido.
Después, lentamente, avanzó hasta la recámara lanzándose ferozmente sobre la cama. Ya acomodado apagó sus ojos mientras un remolino le llevaba de arriba abajo y abajo hacia arriba haciéndolo sentir que se expandía y luego se disminuía. Así, transcurrió el tiempo, segundos, minutos y horas que trataban de tragarse el dolor del cuerpo, del alma.
La noche o lo que quedaba de ella se disolvió al mismo tiempo que un gallo cantaba más de tres veces y cuando la luz se colaba entre las rendijas de la ventana, el ruido de sirenas de bomberos y policías invadieron el ambiente mientras aterradores sollozos se escurrían entre lágrimas, maldiciones y pañuelos desechables.
Por fin, luego de varias bofetadas, Arturo reaccionó, abrió los ojos y empezó a vislumbrar avioncitos de colores en la tela de las cortinas de la ventana, un muñeco de peluche sostenía su cabeza y a su lado un cuerpo pequeño estaba cubierto totalmente por una sábana blanca.
Muchos años han pasado y aún así, Arturo no puede comprender como su endémico y alcoholizado cuerpo pudo acabar con la vida de un pequeño.
Mientras continúa cavilando, los atardeceres se tiñen de ocre tras el paredón del centro Preventivo.