Rafael Correa, un economista educado en Estados Unidos y Bélgica, se destacaba entre los nuevos líderes de izquierda en Latinoamérica por su gran capacidad de cálculo desde mucho antes que Julian Assange ingresara en la embajada de Ecuador en Londres y le diera la oportunidad de aprovechar la atención mundial.
La decisión de Correa de conceder ayer asilo al fundador de WikiLeaks parece todo menos una coyuntura emocional del presidente ecuatoriano.
Correa, un ex misionero laico de 49 años, sabía que su proceder podría ofender profundamente a Estados Unidos, Gran Bretaña, Suecia y probablemente a la Unión Europea.
También sabía que estaría incitando represalias comerciales y políticas en perjuicio de su pequeño país exportador de petróleo, de 14 millones de habitantes.
Esas represalias todavía no han ocurrido, pero el conflicto apenas comienza.
Gran Bretaña dijo que negaría a Assange el salvoconducto para que se marche del país. Suecia, que pretende a Assange para interrogarlo sobre las acusaciones de conducta sexual indebida, citó al embajador de Ecuador para presentarle una protesta formal.
Conceder asilo al responsable de la mayor difusión de secretos filtrados de Estados Unidos en la historia parecía algo demasiado tentador para que Correa se resistiera.
Con la medida, Correa reivindica su autoridad moral y logra que lo asocien con quien es considerado por sus seguidores como el Robin Hood de la era digital, alguien que lucha contra los abusos de los grandes gobiernos y de las grandes corporaciones, y quienes creen que la solicitud de extradición sueca es un pretexto para enviar a Assange a Estados Unidos.
El legislador demócrata Eliot Engel, miembro importante en la subcomisión del Hemisferio Occidental de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, se ha entrevistado con Correa en diversas ocasiones y considera que el mandatario es consciente de la apuesta que ha hecho.
«Él es muy inteligente y esta decisión no la tomó en el vacío», dijo Engel. «El motivo sería más o menos pasar a encabezar el grupo que le mete el dedo en el ojo a Estados Unidos», agregó.
Engel se refería a la alianza que integran Bolivia, Nicaragua, Argentina, Venezuela y Cuba. De hecho, la isla caribeña solía ser el principal destino latinoamericano para las personas que huían de la persecución de la justicia norteamericana y europea.
«(El asilo) no se debió simplemente a que Julian Assange deba quedar en libertad o porque no se le deba perseguir», dijo Engel sobre Correa. «Si este fuera el caso, ¿por qué persigue a sus propios periodistas?», agregó.
Correa fue el motivo por el cual el director del principal diario de oposición en Ecuador buscó asilo a principios de año y se escondió durante 14 días en la embajada de Panamá en Quito cuando la Corte Suprema ecuatoriana ratificó un fallo por difamación contra ese ejecutivo y otros editores.
Correa concedió después el perdón a los inculpados y condonó la indemnización por 42 millones de dólares reclamada al diario, aunque grupos que defienden la libertad de prensa y los derechos humanos afirman que el mandatario sigue siendo una amenaza a cualquier expresión que le desagrade.
El presidente también ha aprovechado las restricciones a la propiedad de medios que decretó un congreso leal a él para amordazar a la prensa propiedad de la oposición, a la que acusa de corrupta y de pretender destruirlo.
El politólogo Vicente Torrijos, de la Universidad del Rosario, en Colombia, dijo que el asilo otorgado a Assange proporciona a Correa «una gigantesca cortina de humo con la que él pretende ocultar la forma en que trata a la prensa en su país».
Torrijos calificó la decisión de Correa como una especie de «pragmatismo propagandístico» que funciona bien entre las personas a las que les gusta ovacionar a quienes se enfrentan a Estados Unidos y los aliados de Washington.
Estas personas han sido muy importantes en la elección de gobernantes izquierdistas en Sudamérica en la última década, a medida que la influencia estadounidense se ha desvanecido.
Marta Lagos, directora de la firma encuestadora Latinobarometro, con sede en Chile, dijo que le parece extraordinaria la manera como Correa aprovechó la oportunidad para convertirse en adalid de la soberanía de las pequeñas naciones hartas con la a veces imperiosa intromisión de Estados Unidos en América Latina.
Esta intromisión quedó exhibida en 2010 cuando WikiLeaks difundió un cuarto de millón de mensajes que diplomáticos estadounidenses habían enviado a Washington.
«Se agrandó el mundo», dijo Lagos. «Son muy pocas las veces en que un país emergente subdesarrollado como Ecuador iba a cometer un acto político internacional de esa potencia».
Correa conoció a Assange en mayo, a través de una conexión por video de larga distancia, cuando el australiano lo entrevistó para su programa de televisión financiado por el Kremlin.
«Sus WikiLeaks nos han hecho más fuertes», le dijo Correa a Assange en aquella ocasión, en la que le dio la bienvenida al «club de los perseguidos».
Un mes más tarde, Assange se encontraba refugiado en la embajada de Ecuador en Londres.
Uno de los mensajes difundidos por WikiLeaks llevó a Correa a expulsar en 2010 al embajador estadounidense por supuestamente haber dicho que un jefe policial ecuatoriano era corrupto y sugerir que el presidente se hacía de la vista gorda.
Correa ha desdeñado a los prestamistas internacionales respaldados por Washington y se ha aislado de los capitalistas internacionales, al tiempo que ha cortejado a Rusia, Irán y China. El gigante asiático es ahora la principal fuente de préstamos para Ecuador y compra la mayor parte del crudo que produce el país sudamericano.
En Ecuador, los analistas no creen que acoger a Assange tenga mayores efectos sobre la alta popularidad de Correa. Sus índices de aprobación están por encima del 70%, debido en gran parte al generoso gasto destinado al bienestar social.
En el exterior el panorama es diferente.
«Es difícil ver cómo Correa pueda resultar ganador», dijo Michael Shifter, presidente de Diálogo Interamericano, una organización no partidista con sede en Washington. «No hay ganancias, sólo pérdidas potenciales».
Adam Isacson, de la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos, dijo que estaba sorprendido por la medida.
«Las relaciones diplomáticas de Ecuador con Europa, especialmente con el Reino Unido, están en peligro de colapsar», señaló.
Tedio y estrés
Julian Assange vive en un edificio exclusivo en uno de los distritos más elegantes de Londres, pero sin posibilidades de arrellanarse en el lujo.
El fundador de WikiLeaks está restringido a un espacio limitado dentro de la embajada de Ecuador en el Reino Unido. Si sale a la calle será detenido por la Policía británica y extraditado a Suecia para que sea interrogado sobre las acusaciones de ataque sexual en su contra.
El alguna vez trotamundos y especialista en informática de 41 años de edad ha pasado casi dos meses en la embajada del país latinoamericano, que el jueves le concedió asilo, pero Ecuador carece de algún medio claro para conseguir que Assange eluda a los policías instalados en los alrededores, suba a un avión y salga de Gran Bretaña.
La embajada de Ecuador se compone de un apartamento en la planta baja, con unas 10 habitaciones en total, dentro de un imponente conjunto de apartamentos de ladrillo rojo en la elegante zona de Knightsbridge, prácticamente colindante con la tienda departamental de lujo Harrods.
La legación no tiene dormitorios ni otro espacio para alojar a huéspedes. Las personas que han visitado a Assange dicen que vive en una oficina que ha sido habilitada con una cama, teléfono y conexión a internet.
También se instaló una ducha y la embajada tiene una cocinita. Assange también ha recibido entregas de pizza y de otros alimentos.
«No se parece nada al Hilton», describió Gavin MacFadyen, un simpatizante que se ha reunido con Assange en la misión diplomática.
Una caminadora mecánica permite realizar ejercicio físico y una lámpara solar ofrece la posibilidad de compensar la falta de luz del Sol.