Del jueves pasado a la fecha y por varias jornadas más, los temas que absorberán la preocupación de unos, la ironía, la fantasía de otros, en fin la comidilla chapina, lo serán las escuchas palaciegas, continuará el desfalco legislativo, la violencia incontenible (que incluye el atentado contra el ambientalista Melini), la carestía de la vida y la inexistente presencia gubernamental para evitar los abusos de los expendedores de combustible.
La gran mayoría de guatemaltecos jamás sabremos, si los hubo, el contenido de las grabaciones de audio y de imagen, que pudiesen haber resultado del espionaje denunciado el pasado jueves por el propio Presidente de la República. La suerte de especulaciones, unas que ya circulan por la Internet, no hacen sino estimular el morbo y otras patologías propias de quienes no saben perder electoralmente.
Lo revelado por el presidente Colom, para otros, no es mayor sorpresa. «Cortina de humo» resaltaron varios lectores de un matutino que permite reflejar la opinión de éstos. Sin embargo, a mi juicio, el tema no debe verse tan a la ligera, es la evidencia de cuán convulsionada es la práctica política. La intención de entrometerse en las reflexiones y eventuales decisiones presidenciales no es nueva, no es exclusiva de este país y mucho menos es una debilidad que atañe excepcionalmente al gobierno de turno.
En la historia reciente, las amenazas contra el Estado de Guatemala han transitado de lo ideológico, a lo económico y de éstos a la lucha del poderío de fuerzas clandestinas al margen de la ley, al margen de cualquier propósito que pueda calificarse de noble. Enquistadas en todos los ámbitos de lo público, las oscuras fuerzas asestan golpes para neutralizar la posibilidad de reconstruir nuestro país.
De hecho se aprovecha de cualquier resquicio para acentuar la fragilidad del Estado en su conjunto. Llámese Constitución Política de la República o Acuerdos de Paz. Cualquier «pacto nacional» es llevado al foso de nuestras miserias y explotadas sus debilidades intrínsecas para que no haya posibilidades de cambio. Y en eso sí que hay exclusividad. Las convulsiones políticas en otros países suelen provocar cambios. Aquí las cosas de «mueven», los hechos se producen, pero paradójicamente, no cambia nada, hasta ahora.
El reflejo de la desolación presidencial solo es entendible por la soledad experimentada al sentirse aislado de quienes hasta entonces confiaba. Se han permeado los lazos de lealtad. Y ese vacío tendría que provocar una renovada inyección de vitalidad para encarar los nuevos desafíos. No es fácil, pero las formas de enfrentar otras situaciones apuntan a la posibilidad de que en efecto se deje algo «nuevo», es decir, que sí haya cambios.
En lo vernáculo de este empirismo del ejercicio político, resaltan las voracidades por destruir lo que se ha levantado a la fecha. Lo fácil y cómodo que es hacer política sobre la base de la obstrucción, de la negación de la capacidad emprendedora. De la habilidad para debatir y manifestar nuestros desacuerdos, sin que para ello se tenga que llegar a la descalificación personal. En la cita antes indicada, por ejemplo, a Yuri Melini le ha significado un doloroso impacto en contra de sus convicciones. Y eso convulsiona, choca y deprime a quienes impregnados de ideales similares, solo encuentran a sus argumentos la elocuencia de un «sordo» que simplemente ordena disipar su desacuerdo con balas. Con violencia. Con irracional conducta.
Y de esas manifestaciones de hacer política en nuestro país, a pesar de su enorme secuela, a pesar de aparentar que ya estamos hartos, parece que no cambiará. Lo cruento de quienes ostentan la capacidad de argumentar solo y por medio de la violencia, parece ser el triste predominio que marca nuestro destino. Si todo sucede para que nada cambie, entonces sí que no saldremos de todas nuestras miserias.