Para la palabra estrés no existe una traducción exacta al idioma español; sin embargo, se refiere a presión o al aumento de cargas a las cuales la persona se enfrenta en su diario vivir, por lo cual, se necesitaría estar muerto para no tener estrés.
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El estrés, como fuerza motivadora de la vida, nos impulsa a hacer cosas: nos levantamos, realizamos nuestras tareas regulares, planificamos, ensoñamos, imaginamos, alcanzamos nuestros pequeños o grandes logros. Este estrés es considerado normal (eutrés), pues nos proporciona ayuda para responder a las demandas que requiere la vida.
Pero la intensidad del estrés puede ser mucho mayor de la que estamos acostumbrados a manejar, o existen variables que aumentan el mismo: pérdidas de seres queridos o materiales, dificultades en nuestras relaciones interpersonales, con nuestras parejas, con nuestras familias, en nuestros trabajos, y otras. Esta carga llega a ser mayor que los mecanismos con los cuales contamos para enfrentar estos sucesos; o, probablemente, nos encontramos en un momento de vulnerabilidad psicológica, podría ser una etapa de transición de la vida, lo cual también nos debilita en nuestro sistema de herramientas para encarar problemas. Todo lo anterior nos conduce a fatiga, malestar, sensación de desgaste y pérdida de energía y este es el estrés capaz de llegarnos a enfermar al cual llamamos distrés.
El distrés puede ser causal indirecto de muchas enfermedades como hipertensión arterial, arritmias cardíacas, aumento de factores de coagulación sanguínea, de lípidos, inclusive puede conducir a un infarto cardíaco, provocar accidentes vasculares a nivel cerebral, colón irritable, enfermedad péptica, molestias músculo-esqueléticas, problemas del sueño, alteraciones del apetito, disminución de la respuesta inmune; lo cual ha sido asociado al aparecimiento de infecciones y el desarrollo de cáncer. A nivel emocional nos hace sentir más irritables, con pérdida de fuerzas, puede llegar a conducir al desarrollo de enfermedades como la depresión, la ansiedad, el surgimiento de síntomas psicosomáticos y de las adicciones. Las personas con distrés se aquejan de múltiples síntomas: tristeza, dolores de cabeza, insomnio, indigestión, sarpullidos, picazones, disfunción sexual, palpitaciones y nerviosismo.
Así que el distrés tiene repercusiones muy amplias en diversos campos tales como: el sistema de salud, la productividad laboral, la calidad de relaciones familiares y sociales, y sobre el campo económico ya que el no prevenir su desarrollo puede tener mayores costos en la inversión de tratamientos específicos de enfermedades asociadas al mismo. Así como un mayor índice de ausencias laborales o limitaciones laborales para empresas e instituciones.
Dentro de las recomendaciones dadas para la prevención del aparecimiento del estrés que nos enferma están el aprender a manejar nuestras emociones sobre todo el enojo, a conducirnos con expectativas realistas ante situaciones de la vida, cultivar nuestras destrezas psicosociales como la resolución de problemas, manejo del tiempo; organizándolo, priorizando tareas, incluyendo un tiempo de recreación y de ocio. Conducta asertiva, técnicas de auto cuidado personal, en las que podríamos mencionar el adecuar nuestro sueño, nutrición, higiene y planificación. También es conveniente la realización regular de ejercicio, de técnicas de relajación, desarrollar y utilizar un sistema de apoyo, de crecimiento personal, espiritual y profesional. Y si todo lo anterior no nos ayuda a lidiar con el estrés, pensemos en iniciar un proceso de psicoterapia.