Ayer dediqué algún tiempo a ver la audiencia que la comisión de asuntos judiciales del Senado de Estados Unidos realiza para dictaminar sobre la nominación que hizo el presidente Barack Obama de la jueza Sonia Sotomayor para integrar la Corte Suprema de Justicia de ese país y no pude sino hacer el contraste sobre ese procedimiento en el que, aun y con la certeza de que la mayoría demócrata del Senado aprobará su designación, la funcionaria judicial ha sido sometida a un interrogatorio profundo que trata de indagar sobre su ética, su capacidad profesional y su filosofía sobre la justicia, además de que cualquier aspecto relevante de su vida privada será también parte del escrutinio.
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Siempre he pensado que una de las mayores virtudes que tiene Estados Unidos es su sistema judicial, puesto que el nivel de los pesos y contrapesos que opera para asegurar el debido proceso y las garantías individuales, así como la correcta y severa aplicación de la ley, constituye un ejemplo. Y cuando se tiene la oportunidad de comparar el proceso de selección con la forma en que en países como el nuestro se reparten el pastel los grupos de poder que muchas veces tienen serios vínculos con el crimen organizado, no deja de dar pena.
El senado norteamericano es una institución bien diseñada en la que se dan cita cien de los políticos más destacados del país, no por su edad como torpemente se propone en Guatemala, sino por las credenciales que tienen de cara a sus respectivas comunidades, y uno ve en el contenido de las preguntas que formulan los senadores que hay en realidad talento y capacidad. Tanto los que apoyan a la señora Sotomayor como los que la quieren poner en aprietos, todos saben cómo hacer su papel y lo realizan de una manera que admira. No digamos la forma serena, pausada y profunda en que la abogada da respuesta a las interrogantes, demostrando enorme capacidad en el campo del derecho y mucha madurez en términos de lo cotidiano, de la vida diaria.
Si en Guatemala tuviéramos un procedimiento similar no veríamos preguntas sesudas y profundas, porque ya hemos visto con las interpelaciones a los ministros que nuestros diputados no tienen la capacidad para estudiar a fondo un tema. Y obviamente con los magistrados que ahora conocemos, tampoco tendríamos la suerte de escuchar respuestas que son en verdad una cátedra de derecho en las distintas ramas. Sonia Sotomayor ha encontrado la mayor dificultad en defender el fallo que junto a otros dos magistrados de circuito, algo equivalente a nuestras salas de apelaciones, dictó con relación a un tema de acción afirmativa que involucró a varios bomberos, sobre todo porque ese fallo fue revocado recientemente por la Corte Suprema de Justicia, pero la forma en que ha defendido su criterio jurídico y expuesto las razones por las cuales falló como lo hizo en el pasado, lejos de ponerla en situación difícil ha servido para demostrar lo extraordinario de su talento.
Evidentemente no fue nombrada por llenar una cuota y por su calidad de mujer de origen latinoamericano. Ello puede contar, pero sin su formación profesional, sin su expediente tan abultado tanto en la judicatura como en la práctica privada, no se hubiera ganado el respeto de ese selecto grupo de legisladores que constituyen un verdadero Senado y no remedos como los que otros impulsan.