El balance del conflicto político de Honduras tiene saldos y repercusiones políticas en todo el continente, no se trata sólo de los hondureños sino de Latinoamérica; no es solamente la institucionalidad política del vecino país, sino un cuestionamiento directo al modelo de democracia electoral liberal. En Honduras se probó que allí donde la negociación bilateral y multilateral dieron al trasto, en el lugar donde la confrontación sana y directa no tuvieron desde el inicio del conflicto político, ninguna posibilidad, allí donde el poder oligárquico de rancia acumulación no cedió ni un solo paso, sólo podía salvar la situación una solución avasalladora cual caballería de Rangers, para acallar de una vez a detractores y cómplices del golpe. Se necesitaba de un recurso que gozara de confianza popular y a la vez de determinada legitimidad, que diluyera los antagonismos y las posiciones radicales, que enterrara a los que no estaban a favor ni de Michelletti ni de Zelaya, la izquierda; fue así como se implementó el flamante ejercicio electoral como pomada que curaría todas las heridas y raspones de los hondureños.
Al día siguiente un Lobo salió en gran alarde triunfante de la elección, pero conforme pasan los días hay cosas que se empiezan a descuadrar y acusaciones «molestas» comienzan a discutir la solución, prueba que los bálsamos sólo quitan el dolor pero la infección continúa. Inicialmente empieza a ser cuestionado el dato oficial del Tribunal Supremo Electoral de una gran afluencia de votantes, superior al 60% de la población, con el contraste de la referencia de la iniciativa ciudadana Hagamos Democracia, que reporta un abstencionismo que ronda el 60% de los ciudadanos. El riesgo es que pronto se desaten las acusaciones de fraude, dejando en trapos menores a la estrategia electoral, sin embargo vuelo al inicio, ver el bosque y no perderse en el arbolito de navidad electoral. Más allá de participación masiva, de abstencionismo como símbolo de la inconformidad zelayista e incluso de ilegitimidad del proceso, hay que cuestionarse la dimensión de los hechos sucedidos en Honduras y de las fronteras que se trastocaron.
La política exterior de Hillary Clinton ganó, lo que hizo reorientar la posición inicial de la Casa Blanca. La carta de Obama a Lula trató de convencer sobre el cambio y la conveniencia de aminorar los costos políticos con el bálsamo electoral. Sólo tres países acompañan esta posición, Costa Rica, Panamá y Colombia, mismos que tienen algo en común, el resto guarda dignidad y se posiciona en contra, América Latina está lejos de globalizar la política como sugiere Enrique Cardoso.
El riesgo de blanquear la democracia cuando ésta ha sido violada, es atrevido porque se someten a tensión extrema los límites de lo que se supone puede ofrecer el sistema político democrático, que está por demás cuestionado. En otras palabras, allí donde el Estado es precario y el poder paralelo y oculto domina, la panacea de la democracia liberal termina sin dar los resultados que ha prometido, y la frustración es mayor, se desmiente una vez más el modelo y la polarización ideológica se vuelve inminente.
Un Lobo aúlla sólo en la loma, el sistema tradicional bipartidista no será más de dos, el Frente Resistencia contra el Golpe polarizará su lucha, la izquierda habrá madurado abruptamente y eso le llevará a desarrollar una opción política, el partido liberal corre el riesgo de fracturarse, las élites ríen tranquilamente porque su riqueza sigue intacta, la cooperación aterrizará con todos sus aviones tratando de mitigar el impacto de un país que retrocedió una década, al punto de desastre post Mitch.