Contra la corriente


Me encuentro sumamente consternado. Y todo por culpa del maleducado, locuaz e impúdico presidente venezolano Hugo Chávez, quien tuvo la osadí­a, la malacrianza y el abuso de sacar de sus casillas al monarca español y, al parecer, aún rey de Hispanoamérica, su majestad Juan Carlos Uno.

Eduardo Villatoro

Le recuerdo a usted que en la sesión plenaria de la 18 Cumbre Iberoamericana, celebrada en Santiago de Chile el 10 de este mes, el plebeyo mandatario de la República Bolivariana de Venezuela sostuvo una bronca con el amado, ilustre e intelectual monarca soberano de España, cuando el gobernante venezolano tuvo la ocurrencia de calificar de fascista al estirado y malencarado José Marí­a Aznar, ex presidente del Gobierno español.

En el sistema de monarquí­a parlamentaria de esa civilizada nación europea funcionan partidos polí­ticos que eligen a su lí­der nacional, quien, si su organización triunfa en las elecciones, se convierte en presidente de Gobierno, basado en sus propios méritos y cualidades de diferente naturaleza, mientras que el Jefe de Estado es el rey, quien accede a esa posición por herencia, independientemente de su capacidad intelectual o ausencia de ésta.

El sábado anterior (¿se acuerda?), cuando se celebraba la sesión de clausura de la cumbre en cuestión, que siempre se ha caracterizado sólo por la abundancia de retórica alambicada, en un momento dado el presidente Chávez trajo a cuenta que no puede haber cohesión social en los pueblos allí­ representados ?eje del encuentro?, sin que se combatan las causas de la pobreza y la marginación de las clases desposeí­das. Luego, el socialista (?) José Luis Rodrí­guez Zapatero, presidente del Gobierno español, afirmó que «un paí­s nunca podrá avanzar si busca justificaciones de que alguien desde fuera impide su progreso», declaración con chanfle que fue replicada de inmediato por el mandatario venezolano, al recordar que cuando en 2002 se intentó derrocarlo mediante un golpe de Estado, el embajador español de Aznar apoyó a los golpistas.

Rodrí­guez Zapatero pretendió defender a su predecesor, por el hecho de haber sido elegido democráticamente, como si este requisito fuese suficiente para inmiscuirse en asuntos internos de un paí­s sudamericano, que desde hace dos siglos dejó de ser colonia española, de lo cual parece que no se ha percatado el rey Juan Carlos, porque ante la conocida verborrea de Chávez, lo conminó a guardar silencio, vociferando «Â¡Â¿Por qué no te callas?!, como si el presidente de Venezuela fuese uno de sus vasallos, y eso que en España ha surgido un fuerte movimiento social, especialmente en Cataluña, tendiente a desconocer la monarquí­a, que es un absurdo anacronismo polí­tico en el mundo contemporáneo.

¡Imagí­nense, ustedes, el atrevimiento de Chávez! Provocó que en una de sus escasas intervenciones públicas, el monarca español no tuviera que leer un documento o notas escritas por sus edecanes, sino que se le subió la realeza a su cerebro casi virgen, para intentar silenciar a un Jefe de Estado y de Gobierno de un paí­s soberano.

Adicionalmente, el presidente nicaragí¼ense Daniel Ortega vertió crí­ticas contra la empresa española Unión Fenosa, que opera en Nicaragua pagando salarios miserables y bajos impuestos, además de explotar los recursos naturales de esa empobrecida nación centroamericana, tal como lo hace en Guatemala ¿O no?

Si Rodrí­guez Zapatero, dizque socialista, defendió a Aznar por ser español, así­ como a la transnacional Unión Fenosa, no serí­a extraño que también solapara la polí­tica exterior del Partido Popular, de Aznar, que convalidó la invasión norteamericana a Irak, o que abogara por el difunto dictador Francisco Franco.

Y ¡claro! surgió la oleada mediática atacando a Chávez, arguyendo que no era el momento oportuno, que no era el foro adecuado. Algo así­ como cuando los cacifes siempre rechazan aumento de salarios, porque nunca es el tiempo propicio.

El presidente Chávez podrá ser antipático hasta para cierta gente progre, pero tiene el derecho de defender la soberaní­a de su paí­s, aun contra el rey de la otrora metrópoli hispanoamericana, quien no se ha dado cuenta que sólo es un monarca que no manda ni gobierna en su propia nación, menos en América Latina.

(Romualdo Iizpano asegura que una dama de la realeza europea ve las pelí­culas porno hasta el final, para averiguar si la protagonista se casa).