El asunto que enfoco no es un tema novedoso, desafortunadamente, porque es uno de los casos más recurrentes que ocurren en la administración pública.
  Recuerdo que cuando yo era niño -y desde entonces he arrancado incontables hojas de calendarios- al conversar en torno al personal de la delegación de la Dirección General de Migración en El Carmen Frontera, donde transcurrió mi infancia y buena parte de mi adolescencia, así como allí disfrutaba mis vacaciones escolares, sobresalía el comentario acerca de que los empleados de esa dependencia, y a la par los de la extinta Dirección General de Aduanas, se «ganaban sus centavos extras», lo cual era motivo de admiración para muchos aldeanos, y de ahí que algunos patojos de mi edad eran estimulados por sus padres a estudiar por lo menos la primaria, pero no en afán de superación académica, exclusivamente, sino para obtener trabajo en Migración o Aduanas, «aunque fuera de meritorio o de peón».
  Varios de esos mis contemporáneos lograron sus objetivos, al enriquecerse en la medida de su astucia, dependiendo de dependencias y puestos fronterizos donde los ubicaban y, básicamente, por su carencia de escrúpulos.
  Traigo a cuenta estos recuerdos porque la práctica consuetudinaria de actividades ilícitas en Migración sigue campante, salvo excepciones durante breves períodos cuando ha llegado un nuevo Director General o Interventor, pero la escoba nueva que se estrena para barrer, pronto se estropea por el clima de pudrimiento administrativo que persiste con firmeza, digna de mejor causa, según denuncias que presentó en la Procuraduría de los Derechos Humanos un dirigente sindical que recientemente murió violentamente.
  Por esas coincidencias que ocurren en la cotidianidad, me encontré con un muchacho que laborada en la delegación de Migración del Aeropuerto La Aurora, a quien conocí cuando él era adolescente. Como es de cajón, la breve plática giró en torno al estado de salud de su familia, sus estudios y su trabajo. Sin mayores detalles me contó que había sido destituido intempestivamente a causa de que -según su versión- ya no quiso prestarse a seguir siendo utilizado por el secretario general de uno de los sindicatos laborales que funcionan en esa institución, que le exigía que permitiera salir del país a personas que estaban arraigadas por diversos motivos, sobre todo de naturaleza penal. Dejó entrever que se trataba del sindicalista fallecido.
  Pese a las denuncias que recibió la PDH y que trasladó al Ministerio Público, en Migración todo sigue igual. El interventor Enrique Degenhart se limitó a declarar a Siglo Veintiuno que ni siquiera ha ordenado rotaciones del personal porque «quiero llegar al fondo del problema, y entonces habrá hasta destituciones», y para ello pidió una copia de la denuncia a la PGH, cuando debió dirigirse al MP. ¡Aliviados estamos, colochos!
  (Un chapín que está por viajar vía aérea a Miami, le pregunta a Romualdo Tishudo. -¿Qué escribo en este formulario de Migración, aquí donde dice «sexo»? Mi paisano replica: -Depende; en mi caso yo pondría «dos veces por semana»).