La democracia representativa occidental como sistema de Estado no puede funcionar sin la existencia de partidos políticos, porque teóricamente o en la realidad representan la voluntad popular expresada en elecciones libres, para la configuración y dirección de los organismos e instituciones de una nación.
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Desde esa ligera, empírica y generalizada perspectiva, el quehacer político debería ser una de las actividades más nobles, porque se presume que el hombre y la mujer que deciden voluntaria y espontáneamente velan por los intereses de los segmentos que representan y teleológicamente del pueblo en su conjunto, anteponen a sus conveniencias personales el bienestar colectivo.
Infortunadamente otro concepto, diametralmente opuesto, prevalece entre la opinión pública, sin que la generalidad de los individuos se detengan a pensar que no todos los políticos están cortados con la misma tijera, porque sí hay compatriotas que sumergidos en ese pantano de descomposición política logran mantener su dignidad a salvo. Los ejemplos abundan en distintos ambientes de rangos nacional, departamental y municipal; pero si no menciono nombres es porque se me escaparían algunos que merecen todo mi respeto.
Esta apreciación tenía yo del médico Eduardo Meyer Maldonado, a quien, incluso, hace varios años, cuando publicaba mi columna en Prensa Libre, le dediqué un artículo que rebosaba en elogios a su pasado académico al frente de la Universidad de San Carlos, a raíz de la edición de un libro suyo, de carácter autobiográfico, en el que pormenorizaba su actuación como rector de la carolina en tiempos de los gobiernos militares.
Aunque queda muy poco de qué asombrarnos sobre la actuación de numerosos políticos de cualquier tendencia, de todas formas y en razón directa a las propias declaraciones formuladas por el defenestrado presidente del Congreso de la República, expresadas durante una entrevista que publicó ayer Siglo Veintiuno, se arriba a confirmar los extremos a que se ha llegado en esa actividad.
La respuesta que refleja con más claridad -si es que el término es el apropiado- los entretelones del tenebroso quehacer político en más de alguna oportunidad, es la que se refiere a la pregunta planteadas por los periodistas autores del reportaje, en torno a qué obedece que Meyer no revele los nombres de los diputados que, según lo dejó entrever anteriormente en más de una ocasión, estarían involucrados en negocios turbios y quienes, según su opinión, serían los verdaderos responsables del negocio de la triangulación de Q82.8 millones. El ex rector universitario no tuvo empacho en responder «Porque si lo hago me matan» (sic).
¿Qué clase de diputados serían capaces de llegar al asesinato de uno de sus colegas con tal de que guarde silencio? Pareciera que se estuviera en presencia de un grupo de delincuentes, en vez de tratarse de padres de la patria, porque de otra manera no se explica cómo el parlamentario Meyer prefiere ser el centro del escándalo público derivado de la pérdida millonaria del Congreso, jurando hasta el cansancio su inocencia y alegando ser el chivo expiatorio de este turbio negocio, antes que revelar la identidad de los supuestos culpables.
De ser así, si el ex presidente del Legislativo conoce los nombres de los diputados que participaron en ese hecho fraudulento, sencillamente está ocultando valiosa información que podría calificarse de omisión de denuncia, la cual está tipificada de delito por el Código Penal, sobre todo si se trata de un dignatario de la nación.
Casos como éste y otros más son los que determinan que los guatemaltecos, los ciudadanos, los electores desconfíen de los políticos, aunque se registren las siempre honrosas excepciones, pero que no logran salvar la dignidad y el decoro de quienes proceden con decencia en la actividad política, llamada a fortalecer el sistema democrático, y no a destruirlo ni a deteriorarlo.
(El analista Romualdo Talishte comenta que ciertos políticos marrulleros, cuando formulan declaraciones para intentar ocultar sus felonías, se parecen a la guapa mujer que, estando a orillas de la playa en Iztapa, de repente se le cae el sostén que cubre sus senos, y ella, de inmediato, se tapa la cara con las manos).