«Nosotros decimos no al elogio de la muerte.»
Eduardo Galeano
Sí, es cierto: los niveles de violencia en Guatemala han rebasado lo humanamente soportable. Ir a estudiar o trabajar, salir a la calle por cualquier motivo, es ahora una especie de ruleta rusa porque la bala le puede caer a cualquiera. Sin embargo, la construcción de superhéroes y la incitación a tomar la justicia por nuestras propias manos no es el mejor camino para garantizar la vida, la paz y la seguridad, y otros derechos más estipulados en la Constitución Política de la República para toda la población, sin distinción alguna.
rmarroquin@lahora.com.gt
Es casi espeluznante darse cuenta cómo la violencia gana espacio en nuestra sociedad y cómo se exaltan acciones que algunas personas cometen en momentos de desesperación para defender sus vidas y pertenencias. Así, herir o matar a una persona es motivo de celebración, porque como lo he escuchado en muchas ocasiones el ladrón, asesino o secuestrador «se lo merecía».
Lo que debemos considerar como una «nefasta reacción» o como un «reflejo extremo de la desesperación de la población», por ejemplo, ahora le llamamos «triunfo». Se ha dicho hasta la saciedad que los linchamientos no son más que una acción irracional realizada por las personas cuando no pueden más ante la debilidad del Estado que no cumple con el mandato constitucional de preservarnos la vida. Entonces, ¿qué decir de matar a un ladrón? ¿Estamos tan podridos ante la violencia que este hecho merece aplausos y el calificativo de «triunfo»?
Es muy fácil ser pesimista en este país en donde la impunidad alcanza el 97% de los crímenes que se comenten. Ha sido muy fácil durante los últimos años meternos en la cabeza la idea del «sálvese quien pueda» porque las instituciones encargadas de garantizarnos la seguridad no cumplen con su trabajo.
Al paso que vamos, parece que terminaremos armados hasta los dientes y rodeados de policías de empresas privadas de seguridad, que no cuentan con la capacitación suficiente con aquel anhelado tema de la «seguridad democrática».
Comprendo que ya no se puede más, pero asusta ver cómo algunos medios de comunicación colaboran con el avance de la muy bien llamada «cultura de violencia». Y es que la manera en que presentan la información repercute sobre la apreciación que tiene la población sobre la realidad y sugieren cuál es la mejor manera de responder ante un problema, en este caso la criminalidad.
No somos la población quienes debemos tomar la justicia por nuestras manos. No es a través de la contratación de empresas privadas de seguridad como bajarán los índices de criminalidad en nuestro país. La seguridad es un derecho constitucional y es un deber ciudadano exigir su cumplimiento al Estado.