Conmoción por bar satí­rico


La apertura de un bar temático en Berlí­n que satiriza la terrible policí­a secreta de la ex República Democrática Alemana, también llamada Stasi, no ha conseguido hacer reí­r a todo el mundo.


Durante mucho tiempo, la dirección Normannstrasse en el este de Berlí­n era conocida por un célebre inquilino: la Stasi, la policí­a secreta, un pulpo con miles de tentáculos introducidos hasta los lugares más recónditos de la vida de los alemanes del Este.

Hoy el edificio ha sido transformado en museo con una placa en la entrada que recuerda los horrores de los que fueron testigos sus muros. Pero es un bar restaurante lo que le ha devuelto la popularidad a la Normannstrasse, también sobre el mismo tema: la Stasi.

«Fuimos a ver el museo de la policí­a secreta y, al salir, nos dijimos:»Â¿Por qué no hacer un bar con el mismo tema?»», explicó Wolle Schmelz, de 53 años, mientras saca brillo a los vasos detrás de la barra del «Zur Firma» («A la empresa»).

Wolle encontró a su amigo del Este Willi Gau, de 60 años, tras la caí­da del Muro, en una central telefónica a la que les habí­a abocado el paro. «Recientemente el bar quedó libre, llamé a Willi, y nos pusimos manos a la obra», siguió.

La temática se observa desde la puerta, donde promete «Cocina de Alemania del Este» y «Reunión conspirativa», bajo la inscripción del lema de la Stasi: «Venid a nosotros o nosotros iremos a vosotros».

En el interior, Wolle hace una visita guiada por sus viejos recuerdos comprados aquí­ y allá: una camisa de los jóvenes comunistas FDJ, un plato con el logotipo de la Stasi, una grabadora secreta, un uniforme de policí­a, una medalla de combatiente contra el fascismo, una bandera de Alemania del Este…, e incluso una urna con la inscripción de las iniciales E.H., de Erich Honecker, ex dirigente todopoderoso de la RDA.

En el menú una lista de platos de entonces -soljanka (sopa rusa) con crema agria, aspic con patatas-, escritos con una máquina de escribir de la época.

«Pensamos que era el momento de dejar la Historia a los historiadores. Se trata de mostrar lo absurdo que era todo aquello, de hacer ironí­a, pero no de reunir a los nostálgicos del régimen!», explica Wolle.

Como muchos de sus compatriotas, Willi Gau fue espiado por la Stasi, que contaba con 90 mil agentes y 100 mil trabajadores no oficiales, con ciudadanos que entregaban a sus amigos, colegas o incluso a sus parejas.

Wolle, que desde Berlí­n Occidental era a menudo enviado al Esta para trabajos técnicos, también fue fichado porque tení­a un ví­nculo en Leipzig.

«Nunca fui a ver los archivos que habí­a sobre mí­, no me considero una ví­ctima respecto a las miles de personas que realmente han padecido a la Stasi», dijo.

Es precisamente de entre esas personas de donde han salido las voces más criticas con el concepto. «Esta idea es de muy mal gusto» y «se les pasarán las ganas de beber cerveza» cuando se den cuenta del grado de inhumanidad de la Stasi, comentó la presidenta de los archivos de la policí­a secreta, Marianne Birthler.

«Muchas personas todaví­a tiemblan cuando piensan en la Stasi, sufren traumas corporales y tienen problemas para dormir», añadió el jefe de la organización de las ví­ctimas de la policí­a secreta, Alexander Hussock.

«Claro que sabí­amos que í­bamos a crear polémica, pero la gente del barrio, todos de la ex RDA, nos entiende y está contenta», se defendió Schmelz.

Los vecinos incluso han contribuido aportando libros, papeles, objetos y fotografí­as. Puede que se acuerden que en 1998 en el mismo bar, entonces llamado «Café Germania», se enzarzaron en una pelea con la clientela neonazi.