La complejidad nos está absorbiendo al punto de dejarnos perplejos, nos orilla a asumir que los conflictos que nos rodean superan nuestra capacidad de análisis y, en consecuencia, rebasan las posibilidades de soluciones precisas y prontas. Pero el trajín no se puede detener. No podemos «parar el tren», bajarnos y replantearnos a dónde queremos llegar. Todo, absolutamente todo lo hemos de hacer en medio del movimiento de los acontecimientos y las circunstancias. Así los criminales tampoco se detienen. El desmedido afán porque, en materia del mercado, «el pez grande se coma al pequeño», sigue de manera irremediable, fuerte, salvaje y voraz. En nuestra Guatemala, en el mundo, conflictos por doquier.
En lo social la tenencia de la tierra, la criminalidad urbana y rural; la violencia de todo tipo. En lo económico, la acentuada dependencia a las transnacionales, al petróleo y a las políticas de los entes supranacionales que abusivamente se imponen, dominan y doblegan hasta hacernos costumbre agachar la cabeza y sumisamente aceptar sus dictados.
Atrapados en las redes de un régimen de legalidad que se pone a sí mismo obstáculos que terminan atándonos de manera inmisericorde. «Modernizar al Estado», dijo ya un flamante y parasitario funcionario que se congratula de hacer propuestas que no llevan en realidad a nada nuevo, mucho menos a la eficiencia. En medio de una lucha de poderes fácticos cuya capacidad ofensiva supera con creces la magra presencia de las fuerzas del control policiaco, como nos lo reafirmaron los agresores y las víctimas de esa batalla campal que se libró esta semana en Zacapa. ¿Cuántos «Juanchos» han de romperse la cara para vernos librados de su nefasto poder?
Afuera, la reiterada y absurda guerra en Irak. La contienda electoral de los políticos gringos que se echan pestes y para nosotros en Latinoamérica, quede quien quede, nos continuarán dando la espalda. Brasil quizás, sea al único que miren con algún grado de respeto y anhelo de explotación. China, el Dalai y el Tíbet, recordándonos a unos pocos que en realidad es un conflicto teocrático-feudal cuya data se remonta a más de ochocientos años y que algunos defienden como que fuera una postura de verdadera libertad y pleno respeto a los derechos humanos, de una sociedad que hasta hace más o menos cincuenta años, usufructuó los privilegios de unos pocos, sobre la base de la esclavitud, la ignorancia, la desnutrición y la humillación de la mayoría de sus habitantes.
Aquí, de nuevo, en donde los corifeos de la libertad individual pretenden continuar con sus dádivas sobre la base de la negación perseverante del Estado. Buscando su reducción hasta el plano de una silla, un escritorio y si hay electricidad, una computadora y punto. Con acentuado desprecio por la vida. Morboso placer de contemplar y regocijarse del dolor ajeno. Acostumbrándonos a que prevalezca la descalificación, la calumnia y las diatribas. Sí, sí tenemos conflictos por doquier.
Pareciera que el refugio egoísta del individualismo que alcanza dimensiones universales, que también nos impone la sociedad de consumo, sea el placebo de un paraíso que se torna inalcanzable, por nuestra propia incapacidad de crear, pues prevalecen las acciones de obstrucción o de destrucción al vecino, al compañero de trabajo, al conocido, al cuate, al que nos gobierna o a quien gobernamos, según sea el papel que a cada quien le corresponde dentro de esto que llamamos sociedad, la sociedad guatemalteca, la sociedad contemporánea. Adentro y afuera, conflictos por doquier.