En el libro del Decamerón, su autor Boccaccio, reúne cien narraciones relatadas en diez días por siete mujeres y tres hombres. Su obra es dedicada a endulzar las penas de los amantes desgraciados y, especialmente, de las mujeres. Yo les comparto este relato que expongo en mis propias palabras, que lo considero inteligente, picaresco y audaz.
Una mujer de alta alcurnia fue condenada por su familia a casarse con un hombre a quien ella no quería como esposo. Cuya única cualidad era ser económicamente acaudalado y no más. Ella, se promete a sí misma que su vida amorosa no será entregada a este y que buscará la oportunidad de encontrar la pasión amorosa con otro. Así que ella se fija con este fin en un hombre apuesto y de su misma clase social. Llega a enamorarse tanto de él, que si no lo mira durante el transcurso del día, es incapaz de conciliar su sueño nocturno.
Lo simpático del asunto es el ardid utilizado por esta mujer, para llegar a reunirse con su amado. Ella se va a quejar, en confesión, con un sacerdote de que existe un hombre que la está persiguiendo y que ella no quiere dar a conocer esta situación a su familia, porque en situaciones de honor pudiese ser que se emplearan las armas. Le describe las características de él que coinciden de manera exacta, con un amigo del sacerdote que también tiene el hábito de confesarse con este. El cura le aconseja que no cuente nada a su familia. Que él mismo se hará cargo de esta situación haciéndole una amonestación a su acosador y que considera que con ello será suficiente para dar fin a esa situación.
De esta manera cuando el padre reprende al hombre, este capta el mensaje de la mujer y se hace lucir avergonzado. Entonces, comienza a visitar la calle por donde esta vive para poderla ver y se comunican de manera lejana hasta que el amor de ella llega a ser correspondido por él. Sin embargo, la mujer no deseaba un amor platónico, sino que sentía una pasión desmesurada por aquel hombre. Así que en dos ocasiones más recurre a la confesión religiosa, para lograr comunicarse con su amado.
En una última confesión, le explica al cura que aquel hombre la seguía acosando pese a las reprimendas que su confesor le había hecho. Y que en esta última ocasión, había llegado a tal extremo que se había dado cuenta, que el esposo de ella, cada período definido de tiempo tenía que salir de viaje de negocios y que él había descubierto que al escalar un árbol frondoso y espeso de su casa daba de manera directa al balcón de su dormitorio y que la última ocasión tuvo la osadía de hacerse presente en la misma.
El cura con mayor malestar en indignación le recrimina a su amigo esta última situación. A lo que este nuevamente responde sin discrepar y sigue al pie de la letra el mensaje llevado por la dama y transmitido por su confesor. Cuando los dos amantes se reúnen en el dormitorio, se abrazan y se prodigan caricias y ella le dice a él, que le han de dar gracias a Dios por haberle enseñado el camino. De manera posterior, ya nunca más necesitaron de la confesión para sus encuentros amorosos.