Las «majors» petroleras tienen una larga experiencia ante las olas de nacionalismo energético –como las recientes en Venezuela o Rusia– que surgen cuando se disparan los precios del oro negro y frente a las que no les queda otra opción que la de ser conciliadoras.
«Desde hace tres o cuatro años vemos reaparecer un cierto nacionalismo energético. El movimiento no es generalizado, pero se ve en Rusia y en América Latina», comenta Philippe Chalmin, profesor de economía y especialista en materias primas.
El presidente venezolano, Hugo Chávez, tomó esta semana el control de los yacimientos petroleros de la región del Orinoco, hasta ahora explotados por siete multinacionales, entre ellas Total (Francia), Statoil (Noruega) y ConocoPhillips (Estados Unidos).
Su aliado boliviano, Evo Morales, ha emprendido una vía similar.
En Rusia, el gobierno quiere también volver a controlar las riquezas de su subsuelo. En diciembre de 2006, el gigante Gazprom tomó el control del megaproyecto de gas Sajalín 2, hasta ahora dirigido por la anglo-holandesa Shell y los japoneses Mitsui y Mitsubishi.
«La tendencia al nacionalismo se refuerza con el alza de los precios petroleros ya que los productores desean aumentar sus ingresos», subraya Jean-Marie Chevalier, director del centro de geopolítica de Energía en la universidad Paris-Dauphine.
«Es difícil querellarse judicialmente contra un país, ya que ello pondría en peligro futuras oportunidades» para las compañías. Por eso, «las compañías están obligadas a buscar acuerdos», añade.
Por tanto, las «majors» están obligadas a ceder. «Las compañías petroleras son siempre las invitadas de un país», afirma sobriamente Rainer Winzenried, portavoz de Shell.
«Ciertos países se han vuelto mas agresivos» reconocía en marzo Jean-Louis Schilansky, delegado general de la Unión Francesa de Industrias Petroleras.
Schilansky, sin embargo, reconocía que «nadie puede negar a estos países el derecho a utilizar sus recursos naturales como propios».
Por ejemplo, Rusia, que negoció indebidamente en los años 1990 los contratos de concesión, intenta ahora recuperar el terreno perdido, adoptando incluso medidas de fuerza.
«Tiene que haber una justa repartición de la renta» reconoce un portavoz de Total, una de las ’majors’ presentes hasta ahora en el Orinoco.
El portavoz rehúsa evaluar el impacto financiero de la nacionalización, asegurando que Total aún sigue «negociando» con el gobierno venezolano. Pero, desde luego, Total no tiene la menor intención de abandonar Venezuela.
Las olas de nacionalismo no son nuevas. «Las primeras remontan a los años 30, en Bolivia y en México, con la creación de Pemex. Luego hubo toda una ola en los años 60 y 70» con la creación de la Sonatrach en Argelia, de la Nioc en Iran o de la Saudi Aramco, recuerda Chalmin.
En los años 90, cuando los precios del petróleo cayeron por debajo de los 10 dólares por barril, algunos países volvieron a llamar a los operadores extranjeros, pero luego volvieron a endurecer su política una vez que se recuperaron las cotizaciones.
«Es un sector con riesgos (…)», reconoce el directivo de un gran grupo internacional.
«La mejor estrategia es tener una cartera suficientemente amplia como para no depender de un solo proyecto», opina Chalmin.
Las compañías apuestan también sobre el hecho de que –según ellas– los países productores no pueden prescindir de sus conocimientos técnicos en exploración ’offshore’, refinado, licuefacción de gas o comercialización, ya que «los consumidores no están, en su gran mayoría, en los países productores», subraya Leo Drollas, del Centro para Global Energy Studies.