Como a la mayoría de los televidentes, a mí me estremeció ver y escuchar el vídeo que grabó el abogado Rodrigo Rosenberg, y, sin contar con mayores elementos de juicio, arribé a conclusiones precipitadas que, afortunadamente, no compartí con nadie.
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Conforme se fueron revelando diferentes aristas de ese asesinato que cobró notoriedad en muchos países del mundo, en vista de las características del crimen, me percaté que no era tan simple responsabilizar a determinadas personas de ser los autores intelectuales de ese delito, menos al presidente ílvaro Colom, por una serie de razones, pero que para cualquiera que haga uso del sentido común resultan obvias.
Luego, surgió un movimiento social espontáneo, cuyos principales actores son jóvenes provenientes de familias de la mediana y alta burguesía, pero al que también se agregaron otros muchachos y adultos de clases menos pudientes, que asumieron esa posición de buena fe y con el fin de exigir al Gobierno, al Organismo Judicial y al Ministerio Público el esclarecimiento del crimen, aunque posteriormente sumaron otros reclamos, más por conveniencia y oportunismo que por convicción.
Mientras tanto, yo me mantuve a la expectativa, y no porque fuera ajeno al asesinato perpetrado en la persona de Rosenberg, toda vez que cualquier crimen, sobre todo de esa naturaleza y magnitud, lo repudio de inmediato, como lo he hecho en los casos de campesinos, niños, amas de casa, obreros e indígenas que han sido víctimas de la violencia, sino porque consideré que muchos de mis colegas ya habían protestado por ese grave delito y que quienes se identifican con la clase social de la víctima estaban haciendo lo que legítima y lícitamente tienen derecho a demandar.
Sin embargo, me llamó especialmente la atención el artículo publicado en Prensa Libre por Marielos Monzón el 16 de junio, en el que, como probablemente usted está enterado, la valiente periodista revela que uno de los abogados jóvenes dirigentes del movimiento de las camisas blancas, almorzando en un restaurante en el que también se encontraba la columnista y en una mesa cercana a la de ella, cabalmente para que lo escuchara, afirmó «Â¡Vamos a revivir la Mano Blanca!…¡Vamos a revivir el Jaguar Justiciero!», en referencia a los escuadrones de la muerte que torturaron, desaparecieron y asesinaron a miles de guatemaltecos durante la guerra interna.
El abogado respondió al artículo de Marielos, derecho que le asiste, pero en ninguno de los párrafos de su escrito -que usted puede leer en Prensa Libre del 19 de este mes- negó que haya afirmado lo que la periodista escuchó y publicó, como también es su derecho, respecto a lo que aseveró ese dirigente de las manifestaciones blancas, en torno al resurgimiento de los grupos paramilitares que tanto dolor y luto causaron a miles de familias de indefensos compatriotas, de manera que se podría colegir que ese joven letrado se inclina por la «violencia organizada» que abiertamente pregonó el extinto partido Movimiento de Liberación Nacional, de extrema derecha.
No es ese el camino que nos conduzca a todos los guatemaltecos a encontrar la justicia, la seguridad pública y el bien común. Flaco favor le ha hecho ese abogado al movimiento social que encabeza, porque con «sangre y plomo» sólo se recrudecen la criminalidad, la arbitrariedad y la limpieza social.   Â
(Romualdo Tishudo recuerda al fascista Primo de Rivera, fundador de la Falange española, y su atroz exclamación: ¡Muera la inteligencia!).