Sin más que le quedara por hacer hasta el momento, sin condiciones políticas con vientos favorables en el Congreso y con una catástrofe que resolver, a causa del terremoto del 7 de noviembre, el presidente Pérez Molina conjugó el escenario para que de todas formas su imagen saliera a flote por encima de cualquier otra agrupación que haga el intento de oposición a su gobierno. Pero no gana del todo.
Las intenciones de reformar la Constitución, de parte del mandatario, podrían perfilarse como el inicio de un símil del fracaso de los intentos de reforma fiscal de Álvaro Colom. Este último, todas las veces que pudo, trató de que en el Congreso pasaran reformas que pudieron darle más ingresos fiscales a su gobierno, para llevar a cabo parte de sus programas. Pero todas las veces que se intentó, la oposición, incluido el actual partido oficial, logró obstaculizar la agenda y que las mencionadas reformas nunca se concretaran.
Ahora, estando en el gobierno, las cosas son diferentes y Pérez, en alguna medida, enfrentará un poco de sus propias estrategias y será hasta cierto punto víctima de éstas, pero seguramente, según lo dictará su formación, intentará que las reformas pasen una y otra vez.
Lo cierto es que, si las condiciones políticas existieran para que los diputados aprobaran la consulta popular que al final de cuentas los ciudadanos deciden, no importaría que los Q200 millones que costaría, que supuestamente ahora se utilizarán para la reconstrucción, se destinaran al fin de cuentas a la realización de la consulta. Si fueran planes de largo plazo los que tenía el Presidente y su equipo, valdría la pena usar los recursos, pero la decisión del Ejecutivo, de dejarla de lado, solo puede dar lugar a pensar, independientemente de si las reformas son necesarias o no, que nuestros gobiernos siguen ocupándose, como siempre, solo de elementos coyunturales.
La percepción que nos puede dar el partido oficial, al haber perdido la batalla en el Congreso, al no lograr el número de votos necesarios para reformar la Carta Magna, porque seguramente es esto y no la tragedia lo que impide el avance de las reformas, es que ni siquiera ellos tienen la visión clara del concepto de país que deberíamos tener.
Es necesario que los ciudadanos tengamos en cuenta que, parte del éxito de su gobierno, el mandatario lo atribuía a que las reformas al texto fundamental se hicieran realidad, pues si no se llevaban a cabo, según dijo el propio gobierno, se haría «más de lo mismo». Es decir que apuntaríamos a que el final del período de Pérez, de continuar con las estrategias concebidas tal cual y sin el supuesto fortalecimiento del Estado que traerían las reformas, podemos hacernos una idea no muy alejada de la realidad sobre los resultados del «Gobierno del Cambio».
Con las reformas por un lado, por lo tanto, es necesario que, según lo dijo la mayor parte de entidades sociales y privadas que se oponían a las modificaciones, se impulsen los cambios a las leyes ordinarias que supuestamente lograrían el resultado equivalente de la propuesta del Ejecutivo.
Podemos estar tranquilos, por ahora, que la Carta Magna, si bien con sus deficiencias, no será manoseada por los diputados ni pasada como el Ejecutivo la quería.