Yo soy derecho, pero no derechista. Tengo la ventaja de pertenecer a una familia de zurdos. Digo ventaja porque para no toparme los codos en la mesa mientras comíamos, aprendía utilizar indistintamente la zurda y la derecha.
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Cuando mi papá me enseñaba a jugar futbol, me decía que los mejores jugadores eran los que hacían cosas básicas, como patear con las dos piernas. Cuando aprendí a jugar básquetbol, descubrí que era una gran ventaja saber rebotar el balón con las dos manos, porque así es más difícil que el rival robe el esférico. En otros deportes, también sé, teóricamente, que es bueno saber utilizar las dos manos; en boxeo, el zurdo que sabe hacer defensa derecha, tiene muchas posibilidades de éxito. El zurdo en el tenis, que sabe jugar invertidamente contra un derecho, pasa haciendo maravillas todo el partido.
Yo hago la mayor parte de las cosas con la derecha, pero también sé hacer muchas con la zurda. Crecí, como repito, en una familia que me acostumbró a utilizar ambas manos. Lástima que no crecí en una sociedad igual.
Crecí en medio de la tensión de la Guerra Fría. Mis libros de texto de Estudios Sociales glorificaban a la derecha política e invisibilizaban -y hasta criminilizaban- a la izquierda. Después de la Caída del Muro de Berlín, de la disolución de la Unión Soviética, de la Firma de la Paz, creí que ya no tenía sentido hacer una diferenciación entre izquierda y derecha.
La derecha política se acostumbró a justificarse siempre; justificar crímenes. A veces, cuando no pueden, utilizan argumentos sosos. Se acostumbraron a utilizar adjetivos para descalificar. Ser comunista, antes, no era una filiación política, sino un adjetivo peyorativo. La derecha se acostumbró a ocultar la verdad, a mantenerse en el poder y a justificar su acceso, casi divino, al poder. Aún siguen siendo igual.
La izquierda política se acostumbró a la guerra de guerrillas; luchar en pequeñas batallas, afianzarse de lo poco que han ganado; a utilizar palabras altisonantes en sus discursos añejos, que no se adaptan a la tecnología y tiempos modernos. La lucha se hace desde abajo, para ellos, pero casi nunca crece a niveles populares. El cambio tiene que ser al modo revolucionario, los cambios paulatinos no sirven.
En esta semana volvieron a aflorar nuestra polarización. Un homenaje a un hombre histórico, que sin duda ha sido de los más influyentes en el mundo en el siglo XX y XXI, se ha convertido en un nuevo terreno de batalla para continuar la Guerra Fría. La derecha con sus descalificaciones, con sus adjetivos peyorativos como «dictador» o «violador de derechos humanos», y la izquierda que no sabe cómo justificar un homenaje tan justo, y se dedica a continuar peleando contra necios recalcitrantes, que no escuchan razones. No hay peor necio que el que sigue hablando al que no quiere oír.
Yo ya no quiero seguir esa disputa infructuosa. En medio siglo, no produjo progreso a Guatemala. Necesitamos una síntesis entre las dos posturas, sin la necedad de la derecha, y sin la inactividad de la izquierda. Tampoco hablo de una tercera vía, que es una derecha disfrazada.
Cuando niño, aprendí a usar las dos manos. ¿Cuál usa usted? Jugué futbol con las dos piernas. ¿Con cuál patea usted? Me sentaba con mis dos nalgas. ¿Con cuál se sienta usted? ¿O prefiere la ley de Horacio?