No sé por qué, según García Márquez, Bernard Shaw pudo haber dicho: “Desde muy niño tuve que interrumpir mi educación para ir a la escuela”. No creo que sea una frase despectiva con respecto a la escuela. Lo que pasa es que la mejor escuela es la escuela de la vida. Allá por 1946, ya gobernando un maestro, el doctor Arévalo, en Chiquimulilla no se conocía la llamada educación parvularia, ni mucho menos la de edades que casi llegan en pañales a medio educarse.
Uno tenía que entrar a primer año de una vez hasta cumplir siete años; y allí se aprendía a leer y a escribir. A mis primeros cinco años de vida, con mi amigo Otoniel Ordóñez, nuestra educación era andar de río en río, de colina en colina, de cerro en cerro, aprendiendo a nadar, a tirar con honda, a subirnos a mangales, chicales, caimitales, cujes o anonas de mico. O nos íbamos a los nacimientos de la finca La Corona, a pescar chamarritas con la mano, que después terminaban en un sartén, bien fritas, con todo y escamas y tripas. Era un ir y venir por los alrededores del pueblo, al grado que ya no sabíamos si teníamos casa, a la que regresábamos cuando Gabino tocaba la oración. Hasta que un día mi madre me hizo el alto y dijo con toda solemnidad: “A la escuela”. El problema era que no teníamos edad para entrar. Entonces se dio la solución: la maestra de primer año era Lola Corado, prima hermana de mi abuela materna y oriunda de Cuilapa, quien me aceptó como oyente en la escuela de niñas. Allí aprendí a leer y a escribir. A leer en un libro que se llamaba “Barbuchín” y a escribir en unos cuadernos hechos de papel periódico que se compraba por liegos donde los chinos. La Lolita me dijo que me fuera a la farmacia González, la única en ese tiempo, y que comprara un sobrecito de añilina negra o azul. Don Adán, el farmacéutico, me dijo que sólo había roja y ni modo, tuve que comprarla de ese color. Cuando le dije a la Lolita que los canuteros los chinos los vendían muy caro, me aconsejó que consiguiera unas plumas de gallina, de las más grandes, que, por supuesto, son las de la cola y que les hiciera un pequeño chaflán para que penetrara la tinta hecha de añilina, vertida en agua caliente. Así que me fui a la casa y me dirigí al gallinero en donde mi abuela tenía cuatro gallinas empollando y una que otra “culeca”. Me expuse a que me picotearan porque las gallinas culecas son bravas; pero, logré unas cuantas plumas de regular tamaño y de diversos colores. Bonitas me salían las planas con la tinta roja, sólo que como el papel era de periódico, la tinta se desparramaba y formada esas figuras que los psicólogos utilizan para saber las predisposiciones que uno tiene. Pero, con un poco de tacto, hasta eso se podía evitar. Así aprendí a escribir, que no era novedad porque en siglos remotos los amanuenses escribían con plumas, sólo que de pavorreal. Lo que si no tenía eran esos polvos que utilizaban en Europa para echar sobre las letras y el secante en forma de silla mecedora. El tiempo todo lo borra dijo don Domingo “Betancur”; y dice García Márquez que su mamá le dijo: “Cómo habrá cambiando el tiempo que ya nadie espera el tren”. Todo el pasado es excepcional. Por eso dice Saramago que hay cosas en la vida tan excepcionales, que no se pueden repetir.