Dominique Wolton ha dicho que la esencia de la comunicación no es su rostro tecnológico, sino que su componente antropológico y cultural. La comunicación, eso sí, explica la sociedad en que se genera. Un punto crucial es que, cuanto más productiva es la tecnología, más separa a la comunicación humana y social. Y sucede porque hay una fuerza tecnológica asociada a la comunicación, que se deriva de otros valores en crisis: la ciencia y la política.
Otro elemento es que la lógica del emisor, del mensaje y del receptor, no es la misma. Por eso, lamenta los estudios de Escuela de Frankfurt, pero el público desarrolla –cada vez más– un sentido crítico conforme está expuesto a los medios. Recibir, afirma Wolton, no significa adherirse al mensaje. Este autor estima que pese a la mundialización de las comunicaciones, al estilo CNN, el contexto nacional sigue siendo relevante para las audiencias, y recuerda que se ve a esta cadena de televisión como la vocera de los intereses de los Estados Unidos, no como un servicio mundial de información neutral. Wolton exige respeto al receptor local, que es respetar a las culturas nacionales.
Por otro lado, la tecnología de la comunicación, no evita que la gente quiera verse, pues necesita estar en contacto cara a cara. Los mandatarios van por el mundo saludándose entre ellos, para concluir que la política tiene una dimensión humana e histórica. Si no, nadie viajaría grandes distancias para ver a su madre o a sus hijos, le bastaría una videoconferencia. La gente quiere verse y hablarse, en persona. La tecnología logra la intermediación, pero no el contacto humano. La comunicación a distancia no substituirá nunca a la comunicación directa, en persona. Y además, dice este pensador: “la aldea global es una realidad tecnológica, pero no una realidad social y cultural”. Mucha de la automatización de la comunicación en la vida moderna, ha terminado por deshumanizar al ser humano. Ojalá y no termine así la educación, con un robot dando clases… ¿a otros robots?
La comunicación, sin embargo, tiene un sentido ambivalente. En el plano individual, la comunicación ha sido siempre considerada como uno de los valores más relevantes para la humanidad, especialmente en los últimos 200 años, como un paso de emancipación política. Pero en el plano colectivo, la comunicación da miedo, señala Wolton. Se desconfía de ella, como el caso de la propaganda: se sabe que busca o pretende manipular a las personas. En un juego de palabras: los medios de información han tenido mala prensa (desde los años 30) y en los últimos años la tecnología de la comunicación ha sido colmada de todas las virtudes. Le otorgamos las cualidades que habíamos rechazado en los medios de masas: individualización de elección, comportamiento activo, inteligencia en el consumo, libertad… sin embargo, las redes se hallan bajo la estricta obediencia tecnológica, económica y cultural de los grandes intereses empresariales, denuncia Wolton. Es un contrasentido confundir interacción y comunicación, los hombres hoy están atados a miles de cables invisibles que le restan libertad; el hombre de negocio no puede dejar de contestar el teléfono. Estar conectado siempre es no ser libre, las máquinas conectan, los hombres se comunican. El problema no es la conexión, es la convivencia humana. La sociedad de la comunicación es una ilusión, cuanta más comunicación existe… menos nos comprendemos.
Wolton señala que en los 25 últimos años, los medios de masas suscitaron serias desconfianzas: se les temía por su enorme influencia. En realidad, ésta es más controlable de lo que sucederá en el espacio multimediático del mañana. Hoy persiste un terrible desorden en la comunicación a nivel mundial y será peor en el futuro, con la posibilidad de que la libertad esté en mayor peligro. Es la paradoja de la comunicación.