Comunicación: ¿ciencia social o polí­tica?


Ramiro Mac Donald

Entre quienes hemos estado involucrados en la comunicologí­a, mantenemos una discusión permanente: si las ciencias de la comunicación deberí­an pertenecer, como disciplina seria, a las ciencias humanas o a las ciencias ligadas con la polí­tica. Algunos pensadores de inspiración humanista, creen que por tener un fundamento eminentemente humano, somos parte de las primeras; porque se da entre seres pensantes, porque la comunicación está al servicio de los hombres y mujeres. Porque el hombre es un homo comunicator y su capacidad simbólica permite el entendimiento, construye puentes, acerca el pensamiento de los GRANDES pensadores. Y sin la comunicación, la cultura serí­a imposible de transmitirse de generación en generación.


Otros, estiman que la comunicación, estarí­a mejor ligada con aquellas ciencias que ven al hombre como un ser de esencia polí­tica, un zoon polí­tikom valiéndose de la célebre frase aristotélica. Este grupo de pensadores, cree que la comunicación deberí­a estar estrechamente ligada con la antropologí­a y la sociologí­a… para estudiar e interpretar conductas, hábitos, actuaciones comunicativas desde el rigor y el prisma, así­ como la capacidad panorámica de estas disciplinas, porque hasta en el más pequeño acto comunicativo, hay una intensión oculta o manifiesta. Y eso tiene un componente polí­tico, con toda seguridad. Es decir, estos cientí­ficos polí­ticos consideran a la comunicación como una actividad que se hace en el seno de la sociedad, en el demarcado ambiente de las luchas por el poder: del que lo tiene o del que lo desea. Del que lo busca o del que lo detenta. Del que lo goza o del que lo padece.

Entre los primeros, creen que el estudio de las humanidades, que abarca la lingí¼í­stica, la semiologí­a, literatura y también las bellas artes (y la cultura en general) es parte inherente a la comunicación. Hay una buena referencia: en muchas universidades jesuitas de América Latina, la carrera de comunicación forma parte de las Facultades de Humanidades. De hecho, muchos de los estudiantes de ciencias de la comunicación, hoy dí­a, lo hacen, buscando destrezas y capacidad para aprender a comunicar sus talentos, su creatividad. Eso sucede en nuestro Departamento que está lleno de gente con inclinaciones y aptitudes con verdaderas posibilidades artí­sticas de la más variada inspiración.

íšltimamente, sin embargo, las ciencias de la comunicación están formando sus propias Facultades en las Universidades de todo el continente, dada la cantidad inusitada de estudiantes que buscan en la comunicación, un futuro para formarse seriamente, tal vez como un fenómeno generado por un enorme atractivo: el avasallador poderí­o e influencia que tiene la tecnologí­a que se utiliza en sus medios masivos hoy en dí­a.

Incluso las ciencias de la comunicación se han venido a convertir, en algunos casos, como un elemento, un ente propicio y revitalizador de algunas facultades donde antes predominaban otras áreas del pensamiento. Es un hecho que llama la atención y que se repite a lo largo de distintas universidades de todo el mundo. En nuestro caso landivariano, casi 500 estudiantes se matricularon éste año en el Departamento de Ciencias de la Comunicación, con un crecimiento constante. Y en otras universidades nacionales, el número aumenta cada año.

INVESTIGAR LA COMUNICACIí“N

La comunicación masiva, particularmente la televisión y los grandes diarios sensacionalistas, lamentablemente, tienen un carácter exhibicionista ante la fascinación pública que despierta la violencia y sus distintas manifestaciones. Esta seducción se da entre los públicos menos crí­ticos: esas capas populares de la población que consumen comunicación masificada, sin exigir mucha explicación de fondo, ni sesudos comentarios. Martin-Barbero dice que las miles de imágenes de las que se alimenta comercialmente la violencia de los medios, se presentan diariamente frente a una manifiesta incapacidad de tejer un mí­nimo relato y de historia de paí­s.

Parte del problema es la forma descontextualizada cómo se ofrecen estas noticias crudas, pero también la ausencia de análisis serenos. Otro punto en contra, es utilizar las mismas fuentes desgastadas de siempre o a los acostumbrados polí­ticos, aquellos que se lucen protagonizando escándalos, con tal de salir en los informativos; así­, también, prevalece una manifiesta superficialidad redundante al abordar los temas complejos. O la manera sensiblera de presentar ampliamente recurrentes tragedias que son explotadas en imágenes de gran dimensión y reporteadas con miopí­a, cuando no con insania y falta de respeto a las ví­ctimas y a sus familiares.

Los medios de comunicación, aunque no se puede generalizar, se han dedicado a hacer negocio con la violencia, insensibilizando a los receptores que exigen cada vez contenidos más fuertes. Y esa violencia, de crí­menes, atracos y vejaciones, afirma Martí­n-Barbero es la única que se deja medir para el raiting de audiencia, como condición hegemónica que domina la venta de la publicidad. ¿Pero y… las otras violencias? Por ejemplo: la desvalorización de las etnias indí­genas, la humillación constante por esa cosificación de la mujer, la ridiculización folklorizada de lo popular; la permanente, casi total omisión de la realidad de los ancianos o la utilización publicitaria de los niños y otras violencias más patéticas como la discriminación sexual y racial. Esas, afirma Martí­n-Barbero, no se miden, porque no dan raiting, o sea apetecidos puntos en audiencias, para poder vender ejemplares/oyentes/lectores y captar mayores pautas publicitarias.

Y en nuestra referencia más cercana, ante la comunicación polí­tica que estamos viviendo en Guatemala, que se anticipa ilegalmente al escenario polí­tico de la campaña presidencial del próximo año, tanto del gobierno de ílvaro Colom como de su más fuerte oposición, vemos que se ha convertido en un espectáculo mediático, casi un circo de dimes y diretes, pero utilizando todas las técnicas del marketing polí­tico, aunque sin contenido formal de propuestas serias.

No nos queda más que, como bien dice Omar Rincón, buscar mejorar la comunicación entre la gente común y corriente; mejorar la formación integral entre quienes serán los futuros investigadores de la comunicación en Guatemala y que deberán escuchar más, que hablar. Recordando a los chamanes Mayas, que señalan que al principio del mundo, los dioses le dieron al hombre una boca y dos oí­dos. Porque al hablar menos, escuchan más: así­ hay silencio y se logra escuchar las hablas, los gritos, los desgarros, los goces, las alegrí­as, las imaginaciones, los deseos, las dignidades que nuestros paí­ses comunican cada dí­a, en sus múltiples modos de expresión.

La total imbricación entre la producción cultural del mundo entero en el campo de la comunicación, las telecomunicaciones y la informática, nos hace recordar, dice Roncagliolo, que son un estadio completamente nuevo, una genuina revolución cultural, no solo industrial, en la historia de la humanidad. Tanto así­, que el comunicólogo francés Regis Debray, con su medialogí­a, afirma que hay que dividir la historia de la humanidad en logosfera, grafosfera y videosfera.