Ahora existe gran cobertura de la telefonía celular. Pero la enorme contaminación ambiental constituye tremendo tropiezo para el logro de la misma. Acerca de este problema crítico no vemos ni siquiera el intento de eliminar tal asunto. Autoridades competentes, telefónicas, hasta el momento se hacen de la vista gorda.
Pero a nivel del transporte, principal contaminante, en contadas ocasiones solo un arranque es notorio, el cual muy pronto dan marcha atrás puesto que afecta a sus intereses monetarios.
Tampoco la entidad gubernamental mantiene vigente la correspondiente acción de revisar los motores desajustados.
Por consiguiente, las unidades de color rojizo exhiben actitudes de irrespeto al ordenamiento vial. Lejos de mejora alguna, pese al subsidio oficial se hacen de la vista gorda siempre, y el resultante está notorio fácilmente. Verdaderas chimeneas rodantes circulan sin pena ni gloria exagerando más.
Los usuarios del sistema telefónico celular llevan las de perder. Sin importar sean estos aparatos supermodernos, que tienen todo a la mano. Y la mano de los malandrines los despojan de su aparato costoso. Para obtener la necesaria comunicación deben por fuerza optar por hacerlo a gritos.
Vivimos, entonces, en medio de la selva generada por dicha contaminación audial, rebasando decibeles bárbaros como si tal cosa. Contribuyen en suma a imposibilitar la deseable, necesaria e indispensable intercomunicación. Máxime cuando la globalización y restantes cuestiones exigen buenas condiciones.
Nueva imagen obligada viene a ser comunicarnos en forma deprimente. Ya solo queda recurrir sin excusas ni pretextos a llevarla a cabo ¡a gritos! Qué contraste cobra vida: mientras la moderna tecnología gana terreno, nosotros vamos hacia atrás, digan lo que digan, en otro sentido inadmisible.
Caímos, no puede negarse, en un estado de cosas creciente, en el “mundanal ruido”. Por mera seguidilla ese aluvión más firme que nuestra moneda, concretamente el papel moneda unos momentos duran en la mano, como consecuencia que vuelan en el acto para aflicción general de unas clase sociales.
La contaminación audial a la cabeza, impide a veces por completo, la intercomunicación, un derecho individual. Ello hace por necesidad comunicarse mediante gritos, similares a los de Tarzán, en menoscabo de la privacidad requerida a tiempo de utilizar dichos adminículos, hoy algo imprescindible.