No se me antoja, representa la amarga realidad. El hecho que los compensadores sociales estén a la espera significa en todo caso que se encuentran en la antesala del olvido. De dicha posición al olvido definitivo, no hay más que un pequeño paso. Nada de peso puede argumentarse en favor.
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Esto corrobora, sin asomo de duda, que siempre por naturaleza somos propensos a caer en la amnesia con suma facilidad. Por demás sencillo y cómodo viene a ser la evasión de compromisos adquiridos públicamente, de cara a la colectividad pasmada. El resto les queda ajeno al cuidado y punto.
Un sinfín de veces los gobernantes de turno protagonizan dicha oferta, al calor de entusiasmos febriles pero volanderos. Al final de cuentas como un mero distractor, en tanto se apagan los clamores que debieran ser honrados más temprano que tarde con la responsabilidad del empeño de la palabra de tinte demagógico.
Ocurre lo anterior, justo a tiempo que el gobierno que busca la aprobación y vigencia plena de gravámenes directos, o no, a la población aguantadora. A manera y con intencionalidad de atenuar el impacto económico, difícil es la aceptación en ese mismo orden de ideas, empero al término gana espacios el conformismo.
La consecuencia tampoco inevitable la constituye en gran medida la falta de credibilidad mantenida desde tiempo atrás. Ejemplos abundan, dignos de Ripley, archivados en la memoria. Para decirlo en buen chapín, el pueblo es el eterno pagano, en medio del ambiente tenso actual, libre de complicaciones posteriores y de cantos de sirena.
Pasan y pasan los años, (gobiernos van y vienen, sin embargo, a la postre todos actúan con los mismos patrones. El perfil de cada mandatario encaja invariablemente en un mismo esquema. Vale decir, equivalente a «Tu misma plor ploriada». Da la impresión que ya no se componen las cosas.
Ahora cuando todo lo habido y por haber nos sitúa en la calle de la amargura, se acentúa la impostergable necesidad de estos compensadores sociales. El actual estado de cosas cualquier niño escuelero percibe asimismo la urgencia de que sean aplicados.
El precepto constitucional, marcado en las circunstancias de apremio en que se debate la población en general, consistente en que el interés común debe estar por encima del particular, no debe tardar. Adquiere verdad el estribillo resonante en manifestaciones callejeras: «Ni un paso atrás».
Nuestra creciente como imparable problemática socioeconómica hoy por hoy esta a la vista y de modo similar, a la espera de soluciones cortoplacistas y efectivas. Capaces de responder precisamente a esos clamores mayúsculos existentes dondequiera, tipo olla de presión a punto de estallar.
Cobra fuerza el hecho que cualquier medida en tal sentido tiene que llevar el sello, o membrete de significar la decisión de una política de buena voluntad. Junto a semejantes posturas de medidas políticas sin distingos que se alejen del objetivo central, también la meta a alcanzar.
Un monitoreo bien planificado, producto de intencionalidad propicia en búsqueda del bien común, da directamente en el blanco que subraya un acertado acto de buen gobierno central. Los compensadores sociales deben cambiar de postura de espera eterna por su inmediata puesta en práctica.